miércoles, 13 de julio de 2016

Bajo la sombra de una bota militar

POR ANA MONROY




El 14 de julio se cumplen exactamente seis meses desde el momento que James Ernesto Morales tomó posesión de la primera magistratura de la Nación. En este corto tiempo, el desencanto de su mandato por parte de los guatemaltecos ha sido palpable en las redes sociales así como en la Plaza de la Constitución. Los desaciertos del excomediante han pasado, desde contar fábulas y moralejas para evadir los problemas de fondo ante la prensa, hasta querer reanudar el desfile militar que, por acuerdo gubernativo, había sido suspendido desde 2008; también ha asegurado que quienes hablan del conflicto armado sólo se enriquecen de él. No está de más recordar que los veteranos militares fueron, a través de AVEMILGUA, quienes lo llevaron al poder, y que ocho de estos veteranos enfrentan cargos por torturas y desapariciones forzadas. Surge en el ambiente una interrogante: ¿Por qué existe tanto rechazo a la institución castrense? Aquí unas reflexiones respecto al tema…


La Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH) documentó un total de 42,275 víctimas, de las cuales fueron 23,671 ejecuciones arbitrarias y 6,159 víctimas de desaparición forzada. El 31% de las víctimas de ejecución extrajudicial fueron antes violadas sexualmente, torturadas o amenazadas. Asimismo, el 35% de las víctimas de violación sexual fueron ejecutadas posteriormente. Foto: Lozano

La concepción del Estado guatemalteco nace bajo una sombra latente, una institución coercitiva y autoritaria que es gestada como brazo derecho de la oligarquía para llevar a cabo el plan económico de un grupo de poder que se ha mantenido a lo largo de la llamada “época democrática” con distintos rostros y pigmentaciones políticas.

Los catorce años de dictadura ubiquista, sumados a los veintidós años de la dictadura encabezada por Manuel Estrada Cabrera, dan cuenta que antes de las reformas propuestas de 1945, Guatemala había padecido treinta y seis años sin ninguna clase de ejercicio democrático y al margen de las corrientes modernas de pensamiento, es decir, envuelta en una especie de ostracismo conservador y reacia a los cambios.

La nación burguesa que nace a partir de los movimientos liberales del siglo xix, era una réplica del proyecto colonial cuya estructura institucional, económica y cultural contrasta únicamente con la nación proletaria que se dibuja en el imaginario colectivo a través del discurso arevalista y arbencista en donde se instala la alianza obrero-campesina y la reforma agraria como política de Estado.

Fuera de esa breve primavera, impregnada hasta cierto punto de romanticismo por aquel proyecto incluyente de nación tan añorado, el peso de la tradición política autoritaria ya enraizado, y el peso incuestionable de los grandes terratenientes en la economía y la política, impidieron el libre curso de la modernización económica.

Las élites económicas que fueron históricamente las más favorecidas en la tenencia de tierras, comienzan a hablar del exterminio del indio como raza inferior, y su desvalorización y explotación se ve justificada al estereotiparse como un medio de producción desechable y prescindible.

La psique colectiva del guatemalteco(a), que es multifacética, se ha configurado a través de nuestra corta historia con mayor intensidad en ciertas élites y con distintos matices según la identidad étnico-social de cada individuo, y gracias a un aparato estatal diseñado y entrenado explícitamente para instalar la fobia hacia el otro(a) a través de la pigmentocracia (i). 

La dialéctica entre conquistador y conquistado, colonizador y colonizado o encomendero y encomendado, es un continuum que va transmutando y tomando distintos rostros que viajan en el péndulo del opresor al oprimido, del explotador al explotado.

Esta mala herencia de la colonia-Estado, que fuera el sustrato de las reformas liberales, basó sus tentáculos en la desproporción abismal latifundio-minifundio que permitió un modelo de reproducción económica anquilosado y encomendero cuyo fin era abastecer la demanda del imperio económico a través de los monocultivos. La penetración extranjera para la extracción de nuestros recursos data de 1902, cuando ingresa la United Fruit Company abarcando latifundios de forma extensiva. En las últimas décadas, este interés se ha centrado en la extracción de recursos, según el plan dictado por la superestructura, y se traduce en proyectos petroleros, mineros e hidroeléctricos.

Los rasgos de una economía encomendera se ven reflejados históricamente en procedimientos primitivos de producción, bajo nivel de industrialización, instrumentos y métodos de cultivo anticuados pero, sobre todo, en el uso indiscriminado y extensivo de la mano de obra que permitían un bajo nivel de salarios y la prestación gratuita de trabajo que perpetuaba la miseria de los campesinos. El anquilosamiento del sistema consiste, pues, en la incapacidad de la clase dominante de extraer excedentes de producción y sólo a través de formas de explotación no modernas. La ejecución de este proyecto requería de aparatos represores y coercitivos. 1945 constituye un parteaguas en el que finalmente fueron abolidos los sistemas de trabajo compulsivo.

Para poder lograr sus objetivos estratégicos, la clase dominante oligárquica vio necesaria la construcción social de un enemigo interno”, figura semiótica presente en el discurso político y mediático que fue mutando de “indio” asubversivo”, y de subversivo a “comunista” o rojo”; dicho color se vio reflejado geoestratégicamente en el Triángulo Ixil y materializado en el Plan Sofía, que fue una política de Estado durante el conflicto armado. Paradójicamente, el arte de tejer con hilos escarlatas por las mujeres ixiles se instauró análogamente como una labor cotidiana ejecutada por los aparatos de la contrainsurgencia que teñían mercados e iglesias de sangre, mientras desgarraban el tejido social.

La instauración de un Estado racista, apoyado por un ejército kaibilizado, contribuyó a la atomización y polarización de la sociedad civil que, efectivamente, se sentía rescatada de ese enemigo imaginario y construido que tenía un color de piel, una ideología y una territorialidad que, además, representaba una amenaza para los intereses económicos de esas élites.

Al plantearnos pues, que la sombra militar ha configurado nuestra psique, ya sea por rechazo o aceptación al proyecto eugenésico fundado en la colonización, es difícil negar que la violencia es un tejido que articula nuestras dinámicas y relaciones interclasistas e interculturales. La violencia y el autoritarismo se inscriben como componentes de este atrofiado modelo de reproducción capitalista.


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La discriminación entre pobres, el racismo entre distintas etnias indígenas y hacia adentro de las mismas comunidades étnico-culturales, son pruebas de que el experimento militar (Operación PB Success que la CIA instaló en 1954) tuvo consecuencias intrínsecas en la sociedad guatemalteca.

Para que el análisis de la institución castrense tenga un carácter holístico, se debe estudiar el papel de la contrainsurgencia a nivel interno. Este consiste en aquellas acciones militares, paramilitares, políticas, económicas y de terror psicológico llevadas a cabo por el gobierno guatemalteco para derrotar a la insurgencia. El segundo nivel de análisis, sería ese papel de la contrainsurgencia a nivel internacional que persigue objetivos geopolíticos en función de la extracción de recursos de sus países satélites que le proveen de materia prima, energía y en ocasiones, alimentación.

Este Estado represor, racista, contrainsurgente y depredador se adscribe en el entramado capitalista bajo el concepto de terrorismo global de Estado, que no es otra cosa que el terror de la burguesía para proteger sus intereses estratégicos y que caracteriza la política de violencia perpetrada por aparatos estatales imperialistas en el ámbito mundial.

Antonio Negri, en su libro Imperio (2000), explica que, en la posmodernidad, la autoridad militar se circunscribe ya dentro de la psique del ciudadano global. Los comportamientos de inclusión y exclusión social adecuados para gobernar son, por ello, cada vez más interiorizados dentro del propio sujeto.

Los elementos de la cultura militar que vemos reflejados, no sólo en la institución castrense misma, sino en las distintas instituciones de poder que la respaldan e interactúan con el individuo, como es el caso de la academia y la Iglesia, son el respeto a la jerarquía, la sumisión ante el superior, la anulación del otro para poder reafirmar la propia identidad y la incapacidad de cuestionarnos planteamientos teóricos que se deben asumir como dogmas.

La cultura militar es una especie de terror de baja intensidad latente que nos lacera, la violencia en la posguerra toma la forma de impunidad, ausencia de transparencia, clientelismo, tráfico de influencias y corrupción. En palabras del pensador Carlos Orantes Troccoli (1), estas condiciones reivindican la posibilidad del asesinato como acto posible y viable por parte del Estado y acrecienta el sentimiento de rechazo a los emblemas de poder.

El guatemalteco(a) puede verse fácilmente reflejado en la caracterización que hace Gilles Deleuze en "Capitalismo y esquizofrenia", donde el ciudadano global se desenvuelve en una sociedad edípica y la constelación de relación con el padre-Estado es una relación de amor-odio ante los acontecimientos históricos del genocidio y exterminio que quedaron impunes, ante un Estado que debió haber protegido a sus ciudadanos pero, en su lugar, los aniquiló, los vejó, los amedrentó.

El guatemalteco(a) es, con esta suerte de padre-Estado, un parricida potencial que desea defenestrar, juzgar y procesar a sus autoridades para encontrar un respiro o desahogo a su trágica memoria histórica. Esta lectura deleuziana retoma importancia con las  manifestaciones ciudadanas acontecidas en la Plaza Central (2), con motivo de los desfalcos al erario por parte del expresidente Otto Pérez Molina (curiosamente un militar retirado que participó en las ejecuciones durante el conflicto) y la exvicepresidenta, Roxana Baldetti, pues aun cuando esta revolución de colores (3) haya denunciado sospechas de manipulación mediática, no deja de ser una catarsis frente a la laceración continua que este Estado militar ha ejercido por décadas... 

#30M

Se dijo al principio de este texto que la configuración de la psique guatemalteca es multifacética y es importante mencionar que existe un sector de la sociedad civil que está en pugna y a favor de las acciones militares de los últimos cinco gobiernos (4). Este sector está conformado por las nuevas generaciones de la oligarquía, así como los descendientes de militares contrainsurgentes y es interclasista en el sentido de que atraviesa sectores con un bajo poder adquisitivo, pero que fueron adiestrados para ser el caldo de cultivo de la contrainsurgencia y popularizar el proyecto hegemónico, tal es el caso de la figura de las Patrullas de Autodefensa Civil.

La existencia de esta polarización y de la diversidad de rostros y posturas ante este poder militar es lo que le da un carácter bipolar y antagónico a nuestra sociedad y que no ha permitido construir un Estado digno, o la construcción de una sociedad nacional que aglomere los intereses de muchos y no que reivindique el poder económico de pocos para mantener el statu quo de la desigualdad, exclusión y pobreza. El guatemalteco(a) se enoja y se reconcilia consigo mismo, con la Guatemala que lleva dentro.

El proyecto de Nación continúa teniendo un carácter fragmentado e incompleto en donde prevalecen los intereses de una clase dominante. Desde esta dimensión, existen dos grandes naciones que conviven en un mismo territorio. No existe una, sino varias Guatemalas, y no una forma de ser guatemaltecos, sino varias.

Rafael Cuevas, en su ensayo "¿Qué es ser guatemalteco?", donde reflexiona el escrito homónimo de Luis Cardoza y Aragón, concluye que, el guatemalteco(a), ante tales aparatos represores tiene una personalidad mutilada, incompleta, lejana de la plenitud y condicionada por sus particularidades históricas y estructurales que son limitadas para dar respuesta a la configuración de un ciudadano integral que no ve reflejados sus intereses en los objetivos que persigue el Estado.

¿Qué reto nos queda para reconfigurar este Estado fragmentado, polarizado, dividido y excluyente? ¿Qué canales debemos abrir para que exista un diálogo entre estas Guatemalas tan diversas, tan diametralmente opuestas? La respuesta no es fácil, pero al menos nos invita a la reflexión de los elementos mencionados.

Retomar y reconfigurar esta psique bipolar, antagonizada y lacerada por la institución castrense, nos invita a retomar las palabras que el presidente Árbenz mencionó en su discurso al asumir el poder: “Nuestro gobierno se propone iniciar el camino del desarrollo económico de Guatemala, tendiendo hacia los tres objetivos fundamentales siguientes: A convertir nuestro país, de una nación dependiente y de economía semicolonial, en un país económicamente independiente; a convertir Guatemala, de un país atrasado y de economía predominantemente semifeudal, en un país moderno y capitalista; y hacer por que esta transformación se lleve a cabo en forma que traiga consigo la mayor elevación posible del nivel de vida de las grandes masas del pueblo”.


Junta Revolucionaria de 1944. Jacobo Árbenz Guzmán, conocido también como “El Soldado del Pueblo”, junto a Jorge Toriello Garrido y Francisco Javier Arana. Juntos aliaron fuerzas para derrocar al coronel Ponce Vaides, quien quería sustituir a Jorge Ubico. Árbenz fue acusado de comunista por el gobierno estadounidense y en 1954 fue derrocado. Foto: Lozano

A la fecha, Guatemala no ha dado el salto a la modernización ni a una economía verdaderamente capitalista, pues los indicadores sociales revelan que la profundización de la pobreza es latente y el establecimiento de salarios diferenciados en áreas rurales es un ejemplo más de que la Finca encomendera sigue en el poder; y es por eso que la institución castrense continúa como esa sombra omnipresente y servil a los intereses de un reducido pero poderoso conglomerado empresarial… 

Artículo publicado el 5/7/16 en el medio digital INFORMATVX.  

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Referencias:
(1) En su ensayo, “La violencia en la cultura guatemalteca”, Carlos Orantes Troccoli reflexiona y caracteriza esos elementos violentos en la sociedad guatemalteca.
(2) A partir del 25 de abril de 2015, comenzó a suscitarse sábado a sábado una serie de manifestaciones en el país en torno al descubrimiento de una red de defraudación fiscal denominada “La Línea”, cuyo fin era sacar del poder al binomio presidencial que era sospechoso de liderar dicha red. También este movimiento perseguía reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos. 
(3) Término acuñado por el pensador Mario Roberto Morales, al hacer referencia a un movimiento heterogéneo y posmoderno cuyo objetivo era sacar del poder a Otto Pérez Molina, expresidente y militar que tomó parte en la ejecución de las políticas de contrainsurgencia durante el conflicto armado interno.

(4) Alfonso Portillo, Óscar Berger, Álvaro Colom, Otto Peréz Molina y el actual Jimmy Morales, que fue financiado por AVEMILGUA (Asociación de Veteranos Militares de Guatemala) y cuyos miembros ocupan puestos dentro del Gobierno, mientras otros enfrentan antejuicios por crímenes de guerra.
(i) Término que usa Marta Casaús Arzú en “Linaje y racismo en Guatemala” para referirse a la diferenciación que hace el Estado de los civiles por su color de piel en los gobiernos liberales. 
Ana Monroy

Economista y consultora independiente con maestría en Bienestar Social en la Josai International University de Japón. Mi motor de escritura son las injusticias y el tema de la pobreza como lastre colectivo y social



 

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