martes, 4 de agosto de 2015

La flor de mi secreto



POR DULCINEA GRAMAJO 


Siempre he pensado que Pedro Almodóvar es uno de esos directores con la capacidad de convertir cualquier novela de pacotilla de horario estelar en una obra maestra.

A la mayoría de personas cuando le preguntan por su película favorita del maestro, responden de inmediato que Volver (2006) o Hable con ella (2002) entre otras (generalmente una donde salga Penélope Cruz). 

En lo personal, considero que la mejor película de este cineasta, o mejor dicho, una de las que más me ha gustado y conmovido, es La flor de mi secreto (1995). 

Una película que a mi parecer está totalmente subestimada o tal vez, exista la posibilidad de que yo misma la sobrevalore por verla en el momento preciso

La actuación de Marisa Paredes interpretando a una escritora de novela rosa (Leo Macías) que escribe bajo el seudónimo de “Amanda Gris” me parece magistral.
 
De hecho, si con algún personaje me identifico, es justamente con ella

Recuerdo la primera vez que la vi. 

Digamos que no estaba pasando precisamente por el momento más feliz de mi vida.
 
Una ruptura amorosa me tenía con los ánimos por debajo de los suelos. Así que no se me ocurrió una mejor idea en ese momento que pasar la tarde viendo esta película con una amiga muy querida. Le llamé y aceptó mi propuesta, y no bastando con aceptar la invitación de una melancólica crónica desesperada, la muy encantadora se asomó acompañada con una botella de ron. 

Vaya masoquista que soy al reunir alcohol con semejante película en estados de ánimo altamente peligrosos.   

Mi amiga, dicho sea de paso, se encontraba en un estado similar al mío, aunque seguramente no tan melodramático. De todos modos la empatía estaba allí. 

Mientras en la película Leo llamaba a su mejor amiga para que le auxiliase a quitarse los botines, yo acudía a mi amiga para que me ayudase a sobrevivir la tarde. Leo ahogaba sus penas en coñac. Yo las ahogaba en ron.

Mi abuela se encontraba en casa, así que no nos podíamos dar el lujo de estar bebiendo sin pena. Sabíamos que a mi abuela no le agradaría, así que disolvimos el ron en gaseosa y en efecto, las burbujas transparentes disimularon la bebida etílica pero no el aroma embriagante del ron, ni mucho menos nuestros rostros de tragedia y desconsuelo perceptibles a kilómetros. 

Y bueno, como siempre he dicho: La realidad supera a la ficción, ya que la historia era tan absurda que era cierta.

Mientras la mamá de Leo pecaba de intransigente llamándole “cara de ladilla” a su otra hija, negándose rotundamente a ir con el oculista, mi abuela desfilaba a cada momento con su mirada inquisidora como diciendo: Que no diga nada, no significa que no me he percatado de que se están embriagando. El ron se desvanecía a tragos agigantados en nuestros paladares, mientras llegaba una de las escenas más memorables y dramáticas. 

Fue cuando el marido militar de Leo por fin llega de la guerra a casa, y ella, envuelta en un seductor vestido rojo lo está esperando ansiosa, excitada, entusiasmada con una exquisita paella, comida que él al instante desprecia por estar supuestamente fría. Desde ese momento se sabe que el asunto irá en una inminente debacle. Leo, en un acto de impotencia y rabia, le dice que no ponga de pretexto a los desgraciados de Bosnia para estar lejos de ella. La indiferencia de él es desconcertante mientras ella poco a poco se desarma de dolor. Él permanece impertérrito con la mirada soberbia y glacial. Y justo cuando él está a punto de abandonarla se desata también uno de los diálogos más intensos de la película.  

Ella: El gran estratega; se supone que eres especialista en grandes conflictos…

Él: Sí, pero no hay ninguna guerra comparable contigo.

Leo permanece en la puerta, viendo cómo él desaparece de su vista. Entonces la vi ahí: sola, perdida, con la mirada petrificada, tan frágil, vulnerable y ahogándose en su propio llanto, dispuesta a escapar de su realidad en un cóctel de sedantes.

cvc.cervantes.es
 
Acto seguido, se viene la escena solemne de “La Chamana”, Chavela Vargas, interpretando “En el último trago”…  

Tómate esta botella conmigo / En el último trago nos vamos / Quiero ver a qué sabe tu olvido / Sin poner en mis ojos tus manos / Esta noche no voy a rogarte / Esta noche te vas que de veras / Qué difícil tratar de olvidarte / Y que sienta que ya no me quieras / Nada me han enseñado los años / Siempre caigo en los mismos errores / Otra vez a brindar con extraños / Y a llorar por los mismos dolores... 

Esta vez ya no sentía que me iba a matar la mirada inquisidora de mi abuelita, ni la resaca del día siguiente, sino la mirada punzante de mi amiga que me reprochaba el porqué de estarnos torturando de semejante manera. 

Hay una frase que dice: “Así como se recupera el mar después de una gran tormenta, permite que tu alma se recupere después de una gran batalla”. Así que al igual que la princesa Vera Gavrílovna de Antón Chéjov se refugiaba en un monasterio para encontrar templanza, Leo se va al pueblo donde nació para tratar de reconciliarse con su pasado, presente y futuro y no andar por la vida como su propia madre le dice: “Como vaca sin cencerro”.  

Cada vez que pienso en Leo o “Amanda Gris”, que en todo caso vienen siendo lo mismo, la recuerdo ahí: Sentada frente a la máquina de escribir, desangrando los dedos, el alma y el corazón en cada tecleo, con el pequeño retrato de Virginia Woolf a sus espaldas, con sus labios color carmín, con su petaca de licor en el bolsillo.  

Hace algún tiempo fui a tomar un café con una amiga y en media tertulia sacó un objeto brillante de su bolsillo. Era una petaca. Sabía que mi amiga era una dama elegante y exquisita pero no a ese nivel. El momento fue tan inusual y pintoresco que hasta lo capturé en foto. 


Todo esto sólo me hace pensar que en mayor o menor medida todas llevamos dentro una “Amanda Gris”; deseosas de revelarle la flor de nuestro secreto a un caballero de noble armadura para cantarle al oído: Ay amor, si me dejas la vida / Déjame también el alma sentir / Si sólo queda en mí dolor y vida / Ay amor, no me dejes vivir... 

::::::


Dulcinea Gramajo      LA BUTACA DE TERCIOPELO     

Cinéfila, coleccionista de palabras. Una chica Almodóvar: Un poco lista, un poquitin boba…

No hay comentarios:

Publicar un comentario