martes, 10 de febrero de 2015

Nos lleva la Chingada...





POR ALVARO ARMAS 

 

Aquel que está al tanto de los fenómenos culturales, sociales y políticos de este país sabe que este es año electoral.

Se ha anunciado que el 13 de septiembre se celebrará una de las  llamadas “fiestas cívicas” donde se elegirán a las nuevas autoridades que durante cuatro años decidirán (en conjunto con sus redes) lo que habrá de acontecer.

Por eso considero importante reflexionar brevemente sobre lo que la autoridad representa para este país.

Octavio Paz hace un retrato de la identidad mexicana en su magistral ensayo El laberinto de la soledad (1950).  

Con este trabajo puede verse reflejada la idiosincrasia del guatemalteco, ya que los procesos de invasión y colonia son parecidos en ambos países.

En su capítulo quinto, al referirse a los “hijos de la Malinche”, habla de la “Chingada”.

La Chingada (además de sus tantas significaciones) es el ultraje. Un factor clave que generó la confusión histórica que sigue modelando nuestra sociedad.

De ese ultraje se deduce la imagen borrosa y fantasmagórica que heredamos para identificar a la autoridad (tan despreciada pero al mismo tiempo tan amada), a la cual nos dirigimos con indiferencia, con miedo, con adulación y hasta con pleitesía pues no la vemos con claridad.

Es una autoridad que no se basa en el respeto y la confianza sino en el despotismo, los privilegios y el desconocimiento. 

También la Chingada es pasar por encima de los demás porque eso se justifica y se ve bien.

Eso es ser inteligente o un “chingón”. Es pasárselo bien por sobre todas las cosas. Es el amor a la fiesta, pues en ella se lava cualquier preocupación. Es el aliciente para esta realidad dura y que duele y por lo cual hay que “chingar”; porque aunque se le echen muchas ganas “las cosas están de la chingada” y no mejorarán.

Pero la Chingada también es la traición. Es el dispositivo que nació como medio para sobrevivir, y sigue funcionando como fórmula para reproducir el poder despótico y desgarrador del tejido social. 






El guatemalteco es reproductor de esos mecanismos donde el trabajo corporativo y en equipo se torna imposible.

Visto así, el guatemalteco posee una fórmula con respecto a sus autoridades que se niega a desplazar. Una que repite cada cuatro años con la esperanza de que las cosas mejorarán, pero al mismo tiempo y cual profecía va alimentando este círculo vicioso que lo condena a una vida nada alentadora.

Hay una actitud de resignación donde no hay espacio para el cambio cualitativo o cuantitativo.

Tiene una forma de ser que no permite que cualquier deseo colectivo pueda cumplirse. La impotencia se apodera de todos y nadie se hace responsable.

Eso mismo hacen las autoridades, no aceptan ni asumen el rol para el que se las elige. Para todos ha caído una especie de autosabotaje.

Lejos queda para el guatemalteco aquello que remendaba Giovanni Sartori cuando argumentaba que: “El único modo de resolver los problemas es conociéndolos, saber que existen. El simplismo los cancela y, así, los agrava”. O lo que por otro lado Carl Jung entendería como el proceso más revolucionario: “Hacer consciente lo inconsciente”.  

La cultura política que se posee, alimentada por analfabetismo político; no deja dar ese paso tan importante, quedando la acción colectiva muy lejos.

El actuar de nuestras autoridades es el reflejo de nuestra cultura. Somos nosotros mismos en el poder. Sin advertirlo alimentamos esos dispositivos que justifican su existencia, demostrando así nuestra incapacidad para cuestionar su actuar y esas viejas y nuevas formas de ser y de hacer.

Somos esa especie de “servidumbre voluntaria” de la que célebremente escribiera Étienne de La Boétie.




Alvaro Armas      LACONÍAS

Huehueteco, pedagogo, politólogo y gestor cultural
He estado en diversos proyectos artísticos, de educación y políticos
Gusto de la lectura, creo en todas aquellas acciones de incidencia política, creativas y generadoras de vida 






 










Foto: perfil de Facebook.

No hay comentarios:

Publicar un comentario