jueves, 19 de febrero de 2015

Gerontocracia en la Justicia guatemalteca (I)





POR IRAIDA POCÓN 





-¿Por qué los chiquitos siempre tienen que hacer lo que los grandes quieren, ¡aunque estén equivocados!?

Natalia, 7 años
 


 
 
Inicio con la frase de Natalia, la niña que habitó durante nueve meses en mi vientre. Una frase que me causó, hace algunos años, un profundo sentimiento de culpa.

Con la lectura del libro La falsa denuncia de Sergio Barrios Escalante, regresaron a mi memoria las palabras de Natalia que me hicieron reflexionar sobre la actual sociedad dominada en sus relaciones por el capitalismo, y en donde pasamos a ser mercancías y objetos de propiedad privada.

El libro hace un estudio cualitativo de cómo la Ley contra el Femicidio es utilizada de manera malintencionada desvirtuando el objetivo primordial de la misma, y en consecuencia victimizando a la población más vulnerable de la sociedad guatemalteca: la niñez.

Este estudio nos lleva a la necesidad de hacer reflexiones más humanas para prevenir en casos futuros la mala utilización de la ley.

Un ejemplo es el caso de la actual vicepresidenta de la república al intentar retorcerla a su favor y en contra de un periodista, a quien levantó una denuncia de violencia contra la mujer amparándose en la Ley contra el Femicidio.




 Convivencia Alterna.





El fin de mi opinión es realizar un análisis sociológico de la falsa denuncia y dejar de lado los análisis legalistas para poner en debate el principio de Justicia. 

La gerontocracia del sistema de Justicia capitalista hace de la niñez propiedad privada de los padres, acción que se ha normalizado en la cotidianidad social.

Las y los adultos somos dueños de la niñez. A los niños y a las niñas en situaciones de divorcio y de pugna por su custodia y patria potestad, se les hace llegar a procesos que no solo atentan contra su salud mental y emocional, sino también contra su relacionamiento social, debido a que son sometidos a litigios (Pleito, altercación en juicio. m. Disputa, contienda) donde muchas veces son totalmente invisibles aunque sean el centro de la disputa legal.

Las y los niños son sometidos a formar parte de procesos económicos, políticos y sociales que hombres y mujeres adultos hemos llegado a considerar como “idóneos”.

Para Marx, con la aparición de la propiedad privada se produce una circunstancia social totalmente nueva, pues en la sociedad esclavista el esclavo no se pertenece a sí mismo sino al amo (tal y como lo vemos con los seres que procreamos).

El amo puede disponer a voluntad del esclavo, de su cuerpo, de su mente, de su personalidad y sus habilidades (porque padre o madre deciden desde cómo vestirle, educarle y cómo deberá relacionarse para ser aceptado).

En una sociedad esclavista el esclavo no es dueño ni de sí mismo, carece de libertad completa, no puede hacer lo que quiera con su cuerpo, descubrir su sexualidad, ni pensar y decidir, y tampoco es dueño de su actividad.

Ésta le pertenece al amo (al padre o a la madre), como también le pertenece al amo el conjunto de objetos producidos por el esclavo.


Según Marx, lo mismo ocurre en el sistema de producción capitalista: aquí el hombre se hace cosa (como suele verse a un niño en medio de una disputa legal por la “patria potestad”) o mercancía (como sucede en la prostitución, la trata o el trabajo infantil) usada por el propietario.

No tiene medios de producción, pero sí medios de re-producción (en este caso, los padres que han dado su gen y gameto para procrear).

Es sólo un instrumento más en la cadena de reproducción de la fuerza del trabajo, porque la sociedad ha creado el imaginario colectivo de que hombre y mujer vienen al mundo a unirse en pareja y luego a procrear hijos. Entonces la sociedad crea la falsa premisa: “La familia es la base fundamental de la sociedad”.   

La propiedad privada convierte los medios y materiales de producción en fines en sí mismos, a los que se subordina al mismo hombre. 

La propiedad privada aliena a la humanidad porque no la trata como fin en sí misma, sino como mero medio o instrumento para la producción, y en este caso, como instrumento para la re-producción.

Los hijos dentro del capitalismo se vuelven el instrumento mediante el cual se perpetúa la fuerza de trabajo en la historia, porque “Mi hijo/a tendrá un trabajo y medios para sobrevivir y perpetuar mi apellido”.

Esto es así, si no se plantea una nueva forma de ver a la humanidad y a la niñez del futuro. Pero eso es algo que discutiremos en la segunda parte. 





Iraida Pocón      EN PALABRAS   

Idealista aficionada a la lectura, el cine y a las ciencias sociales.
Aprendiz de columnista.
Crítica del sistema capitalista, del machismo y el hembrismo.
Busca entre otras cosas, transformar la visión equivocada del feminismo, al que se le ha visto como la búsqueda del poder de la mujer sobre el hombre.
 






 



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