jueves, 20 de julio de 2017

Racismo (o María Chula no es María Félix)

Foto: CODISRA/Facebook 


POR JAVIER MARTÍNEZ 

Aquí explico lo que, como antropólogo y lingüista, entiendo del caso de la tienda de ropa en línea María Chula y cuya denuncia al MP, por parte de CODISRA, ha causado debate en redes sociales. Para hablar de este caso, necesitamos antes comprender tres conceptos: 

• Habitus: es un concepto creado por Bourdieu y que permite entender cómo funciona la vida diaria. En resumen, el Habitus es el producto de mi condición de vida, a su vez condicionada por las condiciones de vida de los otros. En otras palabras, Habitus es el factor que condiciona la forma en que el ser humano experimenta la vida en sociedad. El Habitus crea un «sentido común» compartido. 


• Racismo, según Casaús, es «la valoración generalizada y definitiva de unas diferencias (biológicas o culturales / reales o imaginarias) en provecho de un grupo y en detrimento del otro, con el fin de justificar una agresión y un sistema de dominación». No confundamos, por cierto, racismo con discriminación. Discriminar es llevar el racismo a la práctica: consiste en tratar diferente a los otros con base en prejuicios y estereotipos; dicho trato se convierte en un comportamiento (explícito o implícito) sistemático. En otras palabras, el racismo es la teoría y la discriminación, la práctica cotidiana; esa que se da diariamente en el habitus.


• Semántica es la disciplina que estudia el significado de las unidades lingüísticas y sus combinaciones. En otras palabras, cómo una palabra llega a significar algo y, también, cómo una misma palabra puede tener distintas combinaciones y significados. El mismo Saussure dijo sobre la semántica que para el hablante resulta fácil darse cuenta del juego de palabras pero difícil entender cómo funciona.

Entonces, el habitus crea un sentido común compartido, las «reglas de la vida diaria», un sentido de la realidad en que vivimos y que hace imposible negar que la palabra «María» es más que un nombre propio y «chula», más que un simple adjetivo. El uso de «María» como sustantivo propio y de «chula» como sinónimo del adjetivo «bonita» no es racismo porque carece de carga peyorativa y nadie persigue este uso. En otras palabras, usted puede decirle «chula» a su novia «María» sin caer en racismo; insistir en este punto es simplismo infantil y esquivar el problema de fondo.
Sin embargo, «María» utilizado para anular la identidad individual de la mujer indígena que porta su vestimenta maya y «chula» para dar a entender que solo pueden trabajar como empleadas domésticas (con carga paternalista, además) sí es racismo, y es a esa denotación semántica a que CODISRA hace referencia en su denuncia, según su comunicado. En ciertas ocasiones, este uso racista se hace de manera explícita (un cliente que entra a un comercio que ve vacío y grita «¿Hay, María?») pero también suele aparecer de forma implícita (una mamá a la que «se le sale» un "cariñoso" «¡No seas indio!» hacia su hijo por decirle «¡No seas necio!»). 
La gran pregunta es: ¿El negocio virtual de venta de ropa con base en tejidos mayas, María Chula, usó peyorativamente ambos términos? La respuesta es «sí» y la clave está en el tipo de negocio que es. Si se tratase de otro tipo de negocio tal vez no pudiera hacerse la asociación semántica entre «María chula» y la carga racista. Quedaría entonces, como muchos afirman, solo una lectura básica y literal de «María bonita». Sin embargo, el término «María chula» en el contexto de ropa femenina / tejidos mayas sí permite una interpretación como lenguaje discriminatorio. El contexto, el habitus, la interpretación semántica del concepto (dónde se usó, grupo étnico de quien lo usó y la actividad económica en que se usó) no dejan lugar a dudas; en el mejor caso podríamos hablar de un racismo implícito al elegir el nombre de la tienda pero racismo al fin. Si usted afirma que ve un negocio de ropa femenina cuyo diseño se basa en tejidos mayas y el nombre «María Chula» no le trae a la mente un grupo de mujeres mayas con sus trajes tradicionales, simplemente está negando el habitus que todos conocemos.
La verdadera alarma está en las redes sociales y la oficiosa defensa que el ladino promedio hace de su idioma español: no permite que una institución ajena a su realidad étnica, como lo es CODISRA, lo rija en un contexto que considera sumamente propio: el lenguaje. Paradójico, por cierto, dado que conocemos miles de casos en los que se ha intentado prohibir el uso del idioma maya en contextos laborales o educativos, donde los ladinos suelen dominar (véase el «Diagnóstico del racismo en Guatemala» del 2006). El punto es que seguir negando la existencia de un lenguaje discriminatorio (y su uso en la vida cotidiana guatemalteca) no hace más que fomentar el mismo racismo y justificar la existencia y funcionamiento de CODISRA. Por otro lado, burlarse del racismo o de las acciones para combatirlo es un comportamiento explícito sistemático que denota discriminación.


“Una revolución en Guatemala que casi nadie esperaba”. ¡No podrás parar de leer esta novela! eBook en Amazon y primeros capítulos aquí   



A continuación, respuestas rápidas a algunos argumentos que he visto en redes sociales:
• ¿Ya no puedo usar el nombre «María» ni decirle «chula» a nadie? 
o «María» como nombre propio y el adjetivo «chula» como sinónimo de «bonita» no son lenguaje discriminatorio. Ahora, si usted usa «María» para referirse a cualquier mujer indígena y «chula» para llamar a la servidumbre, sí; usted usa un lenguaje discriminativo.


• Ya explicó la dueña (María Andrea Flores) que era un homenaje a su abuela y, obviamente, «María» es su nombre.
o Es querer tapar el sol con un dedo. La clave está en el tipo de negocio: vestimenta con base en tejidos mayas. La dueña puede honrar a quien quiera y llamarse como quiera pero, en el contexto de su negocio, aprovechó el doble sentido racista de la frase «María Chula» para fijarse en la mente de sus compradores. Tal vez lo hizo implícita y no explícitamente pero, igual, sigue siendo racista.

• CODISRA divide al país y no respeta la multiculturalidad de los otros
o Reconocer al otro no divide al país, al contrario, lo integra. Argumentar que no se respeta la multiculturalidad al excluir al ladino es solo un argumento falaz; el ladino concentra el poder, la riqueza, la educación y los servicios estatales, así que CODISRA debe concentrarse en apoyar a las etnias discriminadas y excluidas.

• Los indígenas están siendo racistas con los ladinos. Los indígenas son racistas entre ellos.
o Véase la respuesta anterior. Además, son argumentos malintencionados que intentan culpar a la víctima; afirmar esto es tan absurdo como culpar a la víctima de acoso sexual por la manera en que se viste.

• ¿Por qué no va CODISRA contra otros negocios y solo elige blancos específicos?
o Primero porque los acusarían de que es una «cacería de brujas» como ya lo están haciendo; segundo, porque asumo que tienen recursos limitados (no creo que sean una prioridad en el gobierno actual) y, tercero, supongo que por medio de estos casos mediáticos tratan más de educar a la sociedad que de castigar culpables (lean el final de su comunicado donde instan a analizar antes de difundir). 

• El combate a la discriminación se les está saliendo de las manos; parece una cacería de brujas. 
o Como se indicó arriba, si van tras pocos se les exige que sean justos y vayan contra todos; si van contra todos, se convierte en cacería de brujas. En general, CODISRA ha llevado casos puntuales y, entiendo, que a manera de convertirlos en casos paradigmáticos y ejemplares. El combate al racismo en Guatemala no está ni cerca de salirse de las manos ni de ser exagerado; al contrario, falta mucho todavía para que seamos una sociedad libre de racismo.

• Están buscándole tres pies al gato con acusaciones sacadas de la manga.
o El análisis cualitativo de contenido (o análisis discursivo) es una metodología científica hartamente descrita, validada y aplicada en el mundo. Que usted no la conozca o no la entienda no la hace «sacada de la manga».

::::::

Licenciado en Letras y en Antropología; tiene un posgrado en Lingüística y una maestría en Comunicación. Actualmente estudia un doctorado en Investigación. Tiene experiencia como catedrático y editor


Primera novela guatemalteca sobre las manifestaciones de 2015. eBook en Amazon y primeros capítulos aquí 

lunes, 17 de julio de 2017

Línea del tren: un sendero de la miseria

Foto: Christian Rodríguez


POR CHRISTIAN RODRÍGUEZ

Luego de recorrer 34 kilómetros a pie ese primer día, comí algo en un puesto callejero, de esos que abarrotan la salida del IRTRA con frituras, tortillas con carne y frutas.  Luego me alejé un poco de las casas y me metí al monte donde encontré un sitio medio escondido para colgar mi hamaca y pasar ahí la noche.

El siguiente día amaneció con una luz preciosa, noviembre suele traer bajas temperaturas, fuertes vientos y por ende cielos despejados. Era consciente de que la línea del tren desde ese punto se alejaba de las poblaciones y de la carretera interamericana cada vez más, pero estaba decidido a continuar la travesía en soledad, únicamente acompañado de pájaros y lagartijas.

Allí me fijé en un grave error, los mapas que llevaba eran de 1957 y estaban medidos en millas, no en kilómetros, por lo que las distancias resultarían mucho más largas de lo que había planificado. Además, muchos de los poblados que ahí se mencionaban habían sido abandonados luego de que el ferrocarril dejara de transitar por esas tierras.

En esa empinada cuesta la línea del tren se adentraba a un oscuro túnel para salir del otro lado de la montaña, un túnel que me trajo memorias de mi niñez, de una excursión que realizamos en la escuela.

Esperábamos atravesar ese mismo túnel para hacer travesuras en la oscuridad. Algunas parejitas de enamorados se sentaron juntas, pero la mayoría, que no teníamos pareja les teníamos preparada una sorpresa: les tiraríamos harina durante el paso del túnel. Pero la cosa se descontroló, dentro del túnel se comenzaron a escuchar gritos, risas, golpes y salieron objetos volando por todos lados. Salimos del tren bañados en harina, a algunos les tiraron sus pertenencias por la ventana y yo resulté con un ojo morado de un zapatazo que recibí en el rostro.

Al salir del túnel vi que la línea del tren seguía por muchos kilómetros paralelo al río. Varios puentes de hierro y madera, de más de 100 años de antigüedad, que jugaban de pasarse de un lado al otro del río en una zigzagueante senda entre montañas.

Cerca de la aldea Cucajol me encontré con una persona que cargaba un costal lleno de naranjas. Nos detuvimos a conversar, él creía que yo era trabajador del ferrocarril, su padre y su abuelo sí lo habían sido y le daba tristeza saber que el tren ya no funcionaba. Su familia se había visto muy afectada, perdieron sus trabajos y se comenzaron a dedicar a la agricultura. “Desde entonces pasamos penas”, me dijo. Antes de despedirnos me regaló un par de naranjas.

Los días siguientes la caminata se complicaba, las distancias eran mayores de lo que había calculado, las altas temperaturas de oriente cada vez golpeaban con más fuerza mientras descendía de altitud, pero sobretodo me afectaba algo que no tenía nada que ver con el “senderismo extremo”, y era pasar por guetos de champas y chabolas donde vivían personas en condiciones de extrema pobreza.

La mayoría de niños y niñas andaban descalzos o calzaban zapatos totalmente destrozados, vestían con harapos llenos de mugre, sus cabellos estaban sucios y su rostros ennegrecidos por el barro de la mezcla de tierra con mocos. Pero eran felices, se acercaban a mí para preguntarme cosas, eran muy curiosos, me pedían que les sacara fotos, luego que les enseñara a usar la cámara y terminaban sacándose las fotos ellos mismos.

Esa escena se repitió por el interminable sendero, interrumpido nada más por una naturaleza impresionante donde a lo lejos me saludaban niños y adultos que estaban trabajando la tierra.


“Una revolución en Guatemala que casi nadie esperaba...” ¡No podrás parar de leer esta novela! eBook en Amazon y primeros capítulos aquí  




Varias veces me topé con mujeres que lavaban ropa en el río mientras sus hijos e hijas se divertían nadando en las posas. Casi todas las mujeres, menos las más jóvenes, estaban con los pechos al aire, no se inmutaban al ver a un extraño, es más, bromeaban con una invitación para unirme a una supuesta fiesta. A las mujeres más bromistas, y que reían sin parar, les calculaba edades entre los 50 y 70 años, quizá más.  

En cada aldea intentaba comprar algo de fruta o tortillas, pero muchas veces las personas con las que me paraba a platicar insistían en regalarme algo para el camino. Eran constantes las pláticas en las que me recordaban que años atrás pasaban por ahí muchas personas gracias al ferrocarril y como sus vidas habían cambiado, no siempre para bien.

Mientras me alejaba de la ciudad de Zacapa, el paisaje se tornaba más hostil. Paralelamente al río Motagua sobre la línea férrea no quedaban poblaciones a la vista, solo vestigios de antiguas estaciones semidestruidas.  Me impacienté, porque cada vez veía más y más serpientes que descansaban entre los durmientes o se atravesaban de un lado a otro.

No había comido ni bebido nada en horas bajo el implacable sol. De repente, me encontré con unos niños que jugaban en la tierra. Les pregunté por un lugar donde conseguir comida y algo de beber. Salió la madre de los niños, de unos 30 años, vivía ahí con dos hermanas y otros sobrinos. Casi todas eran mujeres, menos un niño de unos 7 años y el abuelo, que tenía más de 90. Sus esposos, habían migrado a Estados Unidos.

Me invitaron a quedarme, pensaron que yo era un investigador, ya que recordaban que unos diez años antes un joven estudiante  llegó a estudiar arañas autóctonas del área, después de él no habían visto a nadie más pasar por ahí. El siguiente día me invitaron a una excursión, fuimos todos menos el abuelo, que era ciego y había perdido el habla años atrás, él solo quería pasar el día entero sentado en una hamaca.

Me enseñaron los terrenos que se extendían hasta las laderas de una montaña, con un pequeño riachuelo, en donde vivían las famosas arañas. Desde lo alto se veía un pequeño sendero, este les unía a otro poblado a unos 3 kilómetros de distancia, el mismo que recorrían las niñas todos los días para ir a la escuela, pero ahora estaban de vacaciones.

Lejos de ahí fui pasando por aldeas más pobladas: Biafra, Bainilla e Iguana en las que vi más y más pobreza. Muchas personas vivían en casas hechas de cartón, plástico y palos atravesados. No tenían nada, ni energía eléctrica, ni agua, ni siquiera una letrina, iban a hacer sus necesidades al monte.

Al enterarse de mi viaje me invitaban a comer o a beber algo mientras me hacían preguntas de todo tipo. Don Jorge tenía mucha curiosidad de quién era yo, y por qué estaba haciendo la caminata.Sinceramente yo no tenía mucho que contarle, su historia era mucho más interesante que la mía. Don Jorge había sido profesor, de los buenos, incentivaba a sus alumnos a poner en duda lo que les enseñaban, así ellos podrían investigar y aprender más por su cuenta. Pero durante la guerra esto no agradó a sus jefes, se corrió la voz de que él apoyaba a la guerrilla y el día que llegó el ejército a llevárselo él ya se había escapado a la montaña. Vivió en solitario muchos años, volvió a su casa muchos años después de haber terminado la guerra. Su casa ya no existía, ni sus vecinos, solo estaba el terreno y la línea férrea abandonada. Con sus seis hijos se dedica a la agricultura y venden sus productos en la población más cercana que está a cuatro kilómetros caminando desde allí.

Don Jorge me dio el contacto de una persona en la aldea Managua quien me daría de comer y un lugar para dormir. Mi plan era seguir muchos kilómetros más adelante pero al llegar al lugar me impresionó tanto por su belleza que decidí quedarme. La casa estaba en lo alto de una colina con una vista privilegiada de un puente y dos caudalosos ríos que se juntaban en el lugar.

Allí me puse a hacer apuntes, después de haber jugado pelota con unos niños. Uno de ellos me lanzó una pregunta incómoda: “¿Cuánto ha sido el mayor tiempo que ha pasado con hambre?”. Tuve que mentir, dije que dos días. Me respondió de modo orgulloso que, una vez él y su familia, habían aguantado sin comer durante siete días, su hermano menor lo corroboró.

La noche tuvimos una cena muy amena, la pareja vivía sola, sus hijos habían seguido el mismo rumbo que gran parte de la población joven, habían migrado al norte.

Los siguientes días bebí poco y comí casi nada, por momentos me dolía el estómago del hambre pero estaba seguro de que no era nada comparado con el hambre que vivían esas personas prácticamente todos los días de su vida. Sus historias estaban siendo tan difíciles de digerir que por momentos quería dejar de seguir la travesía.

Luego de 15 días me había recorrido los 317 kilómetros que une la vía férrea de Guatemala a Puerto Barrios. Muchas de las historias las tengo bien grabadas en mi mente, unas más dolorosas que otras, pero todas trágicas, injustas y sin un futuro prometedor.

Mi proyecto de senderismo fue aplaudido y un periódico publicó una nota de tres páginas sobre ello. Sin embargo el proyecto no tenía ningún provecho más que la satisfacción personal, por otro lado los mismos periódicos satanizaban otra actividad de senderismo, esta vez por una marcha indígena y campesina la cual sí tenía un objetivo importante: reclamar el respeto de sus derechos y solicitar apoyo al gobierno para enfrentar el hambre y la pobreza, pero recibían como respuesta mensajes racistas, clasistas y llenos de odio.


Esos mensajes en contra de las manifestaciones siempre llevan la misma consigna, poniendo al derecho de una vida digna por debajo del  “derecho de locomoción”, que se refiere al derecho internacional de migrar, al de traspasar fronteras exclusivamente... 

::::::
Christian Rodríguez      DE SIMAS Y CIMAS

Nací en 1976. Crecí en la zona 18.

Para escapar me fui a probar suerte a las montañas (más de 400 ascendidas en Europa, África y América). 
Soy guía de montaña titulado en Europa, conferencista, galardonado escritor y fotógrafo. Presidente de Entreamigos-Lagun Artean. Migré a tierras vascas (2009) siguiendo el amor 




Primera novela guatemalteca sobre las manifestaciones de 2015. eBook en Amazon y primeros capítulos aquí 

Herencia: un poema desde la finitud

Foto: blogodisea


Sí. Así es
Me muero
¿Qué es lo que a la muerte le puedo yo dejar?
Un río de semen seco
Seco como la tierra que arde
y calcina tus pies morenos
cuando el finquero desvía el agua de los ríos
Un fruto que no endulce labios
Unos versos sin leer
en el oído
Palabras sin la boca
Una calle sin los pasos
Una bandera sin escupir

¿Qué es lo que a la muerte le puedo yo dejar?
Rebeldías sin amor
Trabajos sin el fuego
Un adulterio sin ternura
¡Un huracán sin alas extendidas!

Pienso
me pregunto
y me respondo (todavía)
¿qué es lo que a la muerte le puedo yo dejar?
Demonios sin cariño
Fumadores sin nostalgia
Caricias sin pasado
¡injusticias sin indignación!

Le dejo
huesos sin cansancio
Un cuerpo sin territorio
Y una estrella más
pero sin luz…

Abrazáme por la espalda
que acaba de empezar la tarde 



:::::: Christian Echeverría


Una rara mezcla entre psicólogo, poeta, escritor, activista, bloguero y periodista digital que sólo es posible en el siglo xxi. Creador de Asuntos inconclusos



¿Querés poesía? Christian Echeverría lee en la 6a avenida del centro de la Ciudad de Guatemala a extraños y dio nombre al blog. eBook en Amazon y poemas aquí


martes, 27 de junio de 2017

Policías privadas: un negocio del crimen

Diputado Estuardo Galdámez con una boina kaibil en sesión del Congreso. Foto: Prensa Libre/Esbin García


«Es más fácil transar con un marero que con un policía», decía con naturalidad un funcionario del Ministerio de Gobernación.


POR MARCELO COLUSSI 

Por supuesto, ¡sabía lo que decía! Es más: quizá el funcionario en cuestión no sea un mafioso corrupto, miembro de una de las tantas redes de poderes paralelos que se anidan en los organismos de Estado. Quizá simplemente es un conocedor de la cultura de corrupción que campea victoriosa en el ministerio en cuestión y, en particular, en las filas de la Policía Nacional Civil.

La población no confía en su Policía. Nadie, en general, toma el cuerpo policial como su Policía, como empleados a los que paga con sus impuestos y a quienes, por tanto, puede exigir que lo cuiden con esmero. La idea generalizada, por el contrario, es que la Policía Nacional Civil no responde a las necesidades de la ciudadanía, que es corrupta, ineficiente. Peligrosa, en definitiva.

En ese marco de descontento social, y junto a una ola delincuencial que (medios de comunicación mediante) pareciera barrer toda la sociedad y tenernos de rodillas, como machaconamente se repite, surgen las policías privadas.

Hoy por hoy, el mito de la eficiencia de lo privado también barre toda la sociedad. Contra la iniciativa privada no hay prácticamente voces críticas. Si algo es privado, en contraposición a lo público, eso pareciera suficiente garantía de que es bueno, eficiente, de calidad.

Ahora bien, en este momento los cuerpos policiales privados superan ampliamente a la fuerza pública. Si bien los datos no son exactos (lo cual debería ser un indicador de algo peligroso: ¿quién controla este campo?), todo indica que la relación es de 5 a 1, es decir, un 500 % más de agentes a favor de las agencias privadas: alrededor de 30 000 agentes de la PNC contra 150 000 privados. Pero eso, de todos modos, no garantiza la seguridad pública.

Pese a ese despliegue fabuloso de guardias privados que inunda todo espacio imaginable (iglesias, moteles, tiendas de barrios, peluquerías, guarderías infantiles, clínicas privadas…), el crimen sigue estando presente y la violencia cotidiana no se detiene. Los 15 muertos diarios que se reportan siguen siendo la cruda realidad del país, y el clima de violencia imperante no tiende a reducirse.

El análisis objetivo de la situación lleva a plantearse esta paradoja: cada vez más policías privadas, pero, al mismo tiempo, cada vez se acrecienta más el clima de inseguridad. ¿Por qué? La declaración de un expandillero, ahora músico profesional, da la pista: «No hace falta ser sociólogo ni analista político para darse cuenta de la relación que hay entre el chavo marero al que le dan la orden de extorsionar tal sector y el diputado o el chafa que después, en ese mismo sector, deja su tarjetita ofreciendo los servicios de su propia agencia de seguridad».



“Una revolución en Guatemala que casi nadie esperaba”. ¡No podrás parar de leer esta novela! eBook en Amazon y primeros capítulos aquí   




Evidentemente, la ampliación al infinito de policías privadas no detiene el fenómeno de la criminalidad, lo cual obliga a concluir, como mínimo, dos cosas:
  1. La proliferación de agencias privadas de seguridad es directamente proporcional al aumento de la inseguridad (léase: buen negocio para esas empresas, que obviamente guardan vínculos con la delincuencia). Dicho de otro modo, para los propietarios de esas agencias es indispensable el clima de violencia (son aleccionadoras las palabras del exmarero al respecto).
  2. El tema de la violencia que nos toca no se resuelve con aparatos policiales, ni públicos ni privados. En todo caso, este es un problema muy complejo, que implica abordajes múltiples. Más empleos y educación, otro tipo de oportunidades para todos y desarrollo humano en su sentido más amplio son mejor receta que más policías armados, medidas de seguridad extremas y colonias amuralladas. También urge, complementariamente, transformar la cultura de corrupción que se ha impuesto, lo cual significa lucha contra la impunidad.
En definitiva, los planteos punitivos marchan juntos con la violencia desatada ¡y no la resuelven! En todo caso, son la expresión de una ideología de mano dura, de control social, de militarización de la vida civil. Transformar el país en un gran cuartel no evita la inseguridad. Si algo se puede hacer al respecto es prevenir la violencia. Y ello se logra con mejores condiciones de vida para todo el colectivo... 

Nota publicada en Plaza Pública el 26 06 17

::::::
Marcelo Colussi     PLATIQUEMOS UN RATO  

Argentina (1956). Estudió Psicología y Filosofía. Vivió en varios países latinoamericanos y desde hace 20 años radica en Guatemala. Investigador social, psicoanalista y además escribe relatos, con varios libros publicados. Foto: aporrea.org


¡Primera novela guatemalteca sobre las manifestaciones de 2015! eBook en Amazon y primeros capítulos aquí 

lunes, 5 de junio de 2017

Militares latinoamericanos: los guardaespaldas del amo




POR MARCELO COLUSSI 

Los militares latinoamericanos, como todo militar, se han dedicado a la guerra; pero en muy buena medida a un tipo de guerra peculiar: las guerras civiles. En el transcurso del pasado siglo casi no hubo guerras interestatales en la región; la función de las fuerzas armadas se concentró en la represión interna.

Como parte de la Guerra Fría, prácticamente todos los países latinoamericanos vivieron guerras internas insurgentes y contrainsurgentes. Con distintas modalidades, en toda el área entre los 60 y los 90 tuvieron lugar feroces procesos de militarización. A la proclama revolucionaria siguieron invariablemente atroces acciones represivas.

La respuesta contrarrevolucionaria la dieron los Estados con sus cuerpos armados, ejércitos fundamentalmente. Esto pone en evidencia dos cosas: por un lado, ratifica qué son en verdad las maquinarias estatales ("violencia de clase organizada", según la definición leninista), a favor de qué proyecto se establecen y perpetúan (obviamente no del campo popular) y, por otro lado, desnuda la estructura de los poderes: los ejércitos reprimieron el proyecto revolucionario, pero ellos cumplieron su mandato; el real poder que usó la fuerza para seguir manteniendo sus privilegios no aparece en escena.


Hoy día, terminada la guerra fría y el "peligro comunista", dado que las sociedades fueron hondamente desmovilizadas producto de la brutal represión, los ejércitos retornaron a sus cuarteles. Incluso en los últimos años, ya innecesarios para el mantenimiento de la "paz interior” (porque el trabajo estaba cumplido) se inician tibios procesos de revisión de las guerras internas, de sus excesos y abusos.

Pasadas las dictaduras militares, con distintas modalidades, con suertes diversas también en los procesos emprendidos, los países que sufrieron esos monstruosos conflictos armados iniciaron alguna suerte de ajuste de cuentas con su historia.

Más allá de los resultados de esos procesos, desde el enjuiciamiento y condena a los comandantes argentinos hasta la total impunidad y el retorno al poder por vía democrática en Bolivia o en Guatemala, el común denominador ha sido y sigue siendo que los ejércitos contrainsurgentes cargan con todo el peso político y la reprobación social respecto a las guerras sucias transcurridas.


“Una revolución en Guatemala que casi nadie esperaba ya...” ¡No podrás parar de leer esta novela! eBook en Amazon y primeros capítulos aquí   




Sin ninguna duda, esas guerras fratricidas fueron sucias, de más está decirlo. La tortura, la desaparición forzada de personas, la violación sistemática de mujeres, el arrasamiento de poblaciones rurales enteras, fueron parte de las estrategias de guerra seguidas por todos los cuerpos castrenses.

Hoy día, cuando pensamos en el fracaso de los proyectos revolucionarios latinoamericanos, tenemos inmediatamente la imagen del verde olivo y las botas militares. Pero, ¿no estaban preparados para eso los ejércitos de esta región?

La doctrina militar de todos los ejércitos del área no se elabora en Latinoamérica: para eso estaba la Escuela de las Américas en Panamá, por años sede del Comando Sur de las fuerzas estadounidenses. Los cuerpos castrenses locales han funcionado como ejércitos de ocupación; sus hipótesis de conflicto no eran las guerras contra otras potencias regionales sino el enemigo interno.

Los distintos grupos élites que se crearon tenían como objetivo mantener aterrorizadas a las propias poblaciones. Esos soldados, preparados en definitiva por Washington en su lógica de contención del avance comunista, adiestrados en las más despiadadas metodologías de guerra sucia y bendecidos por los grupos de poder locales, en las pasadas intervenciones no hicieron sino cumplir con el papel para el que fueron educados. En otros términos: fueron buenos alumnos.

Hoy día se habla de revisar el pasado. Ello es imprescindible, por cierto. El futuro se construye mirando el pasado; la basura no puede esconderse debajo de la alfombra porque, inexorablemente siempre, lo reprimido retorna. Pero esto abre una duda: revisar el pasado no debe ser sólo el juicio y castigo a los responsables directos de los crímenes infames que enlutaron las sociedades latinoamericanas las pasadas décadas.

Las fuerzas armadas cumplieron sus funciones, como sus mismos comandantes se cansaron de repetir en cualquiera de los países donde condujeron las guerras internas, y no tuvieron nada de qué arrepentirse. Por supuesto que lo condenable es la extralimitación en que, como Estado, incurrieron estas fuerzas.

El Estado no puede reprimir a su población, pero ¿de qué Estado hablamos? Es quimérico pensar que este aparato de Estado pertenece a todos; las dictaduras militares lo demostraron. Cuando el andamiaje real del poder de las clases dominantes es tocado, ahí se desnuda el carácter del Estado, de las "democracias" parlamentarias.


Si pedimos juicio y castigo a los responsables de los cientos de miles de muertos, desaparecidos, torturados y exiliados de los países latinoamericanos de nuestra historia reciente, si pedimos justicia para no olvidar la historia negra que se vivió, no debemos olvidar nunca que el enemigo no es el guardaespaldas del amo: sigue siendo el amo... 

Nota publicada en Prensa Latina. 

  
::::::
Marcelo Colussi     PLATIQUEMOS UN RATO  

Argentina (1956). Estudió Psicología y Filosofía. Vivió en varios países latinoamericanos y desde hace 20 años radica en Guatemala. Investigador social, psicoanalista y además escribe relatos, con varios libros publicados. Foto: aporrea.org


¡Primera novela guatemalteca sobre las manifestaciones de 2015! eBook en Amazon y primeros capítulos aquí 

domingo, 28 de mayo de 2017

Pobre Luis de Lión (o poesía desde el presente)

Foto: Google



Pobre Luis de Lión
En su tiempo
los cuerpos de las mujeres 
eran catedrales
Pero ahora 
aparecen desmembrados
Y a sus labios
que eran mucho más
que un fruto prohibido
ya no les creo una palabra
igualmente que a los míos
Hoy ya solo busco
su silencio
¡Obsidianas de las pieles!

Pobre Luis de Lión
Porque la aldea que llevaba en la cabeza
se extendió a la capital
Y el indio bajado de las montañas al pueblo
somos todos
y su vuelo es un evento
del Ministerio de Cultura

El viento no es lo que solía 



::::::


Una rara mezcla entre psicólogo, poeta, escritor, activista, bloguero y periodista digital que sólo es posible en el siglo xxi. Creador de Asuntos inconclusos


¿Querés poesía? Christian Echeverría lee en la 6a avenida del centro de la Ciudad de Guatemala a extraños y dio nombre al blog. eBook en Amazon y poemas aquí




¡Primera novela guatemalteca sobre las manifestaciones de 2015! eBook en Amazon y primeros capítulos aquí