jueves, 5 de octubre de 2017

Demonizar a la izquierda (o derechizar la agenda política)

 Foto: Guatevisión/Twitter

Los artífices del sistema corrupto y rapaz tienen un método para que cualquier propuesta de cambio se desmorone antes de que se intente. Se basa en demonizar a cualquiera que plantee cambios sociales

POR JUAN PABLO MUÑOZ
La guerra en Guatemala fue ganada estratégicamente por la facción de inteligencia del Ejército. A cambio, las élites empresariales y políticas le abrieron de par en par las arcas del Estado para que todos juntos, cada uno en diferente proporción y a su manera, se enriquecieran con todo tipo de negocios, criminales o no, en total impunidad.
En consecuencia, cada vez que diversos actores cuestionan dicho modelo violento basado en la rapiña y en la corrupción, reaparecen los estrategas del terror defendiendo ese modelo económico-político que crearon para favorecerse.
La vieja estrategia de manipular a través del miedo
El camino siempre es el mismo. Justo cuando hay propuestas de cambio al modelo rapaz, empiezan a aparecer los eternos fantasmas de la sociedad guatemalteca. Uno muy importante es la inseguridad, la permanente sensación de que hay "alguien" que le quiere quitar lo suyo. Los enemigos públicos, que todos los días aparecen en la nota roja de los diarios amarillistas, como indicando “aquí estoy, no me he ido”, retornan a las primeras planas de los periódicos y a los horarios estelares de los noticieros de Ángel González.
Esta situación genera un clima de zozobra que acapara el 100% de la atención de la miope ciudadanía, la cual reacciona en el único sentido de exigir castigo pronto y drástico a cualquier costo.
En medio de esta vorágine de odio, los desinformadores se aprestan a vociferar que la solución es viable (pena de muerte, crear más cárceles, militarizar la policía), pero que para el efecto se necesita de cierta cesión de derechos. Sin embargo, desafortunadamente, la respuesta contundentemente violenta que se necesita, no puede ser aplicada en tanto hay “algunos” que lo impiden.
Sutilmente, el encolerizado ciudadano redirige su ira del hecho violento que lo atemorizó e indignó a ese actor maldito que no deja a los "profesionales de la seguridad" responder ejemplarmente. Este actor puede ser:
- Un funcionario público progresista cuya agenda gira alrededor de cualquier otro tema que no sea el de la militarización y el punitivismo (educación, salud, protección del ambiente, etc.);
- Cualquier figura pública que exija que, aun en el marco de una crisis de seguridad, las autoridades respeten la legalidad y los Derechos Humanos;
- Actores internacionales que advierten al Estado que existen estándares internacionales que constituyen compromisos, no entre Guatemala y otros países, sino entre el Estado y sus connacionales.
Estos actores "malditos" han cargado sobre sí la culpa de todo un aparato de violencia que no provocaron y que no promueven. Y con ello, han quedado socialmente invalidados, ellos y sus ejes de trabajo. Si se piensa en lo que la mayoría de la gente cree de los Derechos Humanos, se podrá entender mejor esta situación.
Las crisis de violencia, pues, son campañas minuciosamente planificadas, creadas y ejecutadas por profesionales de la confusión que en pocas semanas y con un profundo sentido de desprecio por la vida y la dignidad humana logran reducir cualquier debate o análisis político al enfrentamiento entre “buenos” y “malos”. Paradójicamente, del bando de los "buenos ciudadanos" están los torturadores y asesinos a sueldo, y del lado de los "malos" los defensores de los derechos de las personas, de los pueblos y de la naturaleza.
El arte de destruir al enemigo
Sin embargo, en la práctica la estrategia anterior no funciona perfectamente y no es siempre tan fácil de implementar. Sobre todo cuando las propuestas de cambio que están tratando de ser anuladas se refieren a aspectos muy evidentes de injusticia o que afectan profundamente a grandes proporciones de la población. Entonces, surge la segunda fase de la guerra sucia impulsada contra los impulsores del cambio: la fase de destrucción total.
Ya no solamente los medios de comunicación sino también estrategias políticas y judiciales, se enfocan en denigrar a aquél que se hizo merecedor del castigo por no apoyar a los “buenos ciudadanos” en su sangrienta cruzada contra el crimen. Todos los prejuicios morales y religiosos de los guatemaltecos salen a luz, incluyendo esa estúpida enfermedad que es el nacionalismo.
Dónde trabajan, a qué lugares acuden, cuál es su círculo de amigos, y otros detalles personales recabados con minuciosidad y presentados sin contexto son suficientes para demostrar que aquél que insinuó la necesidad de algún cambio, no está legitimado para hablar de asuntos públicos.
Empiezan a circular las denuncias penales espurias (que están llamadas a no prosperar porque carecen de pruebas) y los sermones en la mayoría de las iglesias. Las difamaciones en las radios más intransigentes y en las redes sociales. Los chismes en el transporte público y en las barberías. En las cenas familiares (reforzadas por el noticiero de la televisión) y en las oficinas y talleres de trabajo.
La credibilidad de los propulsores del cambio se viene abajo y cuando menos quedan aislados. Y con ellos, sus propuestas, cuyo contenido nadie sabe ni necesita saber. Basta con la idea personal que se hicieron de este.
Guatemala se pierde una y otra vez la oportunidad de hablar de cambios, de pensar en ampliar derechos y libertades, de consensuar la ley para que se respete y de la profundización democrática de un régimen que está, total a parcialmente, cerrado para la mayoría.

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Demonizar a la izquierda, derechizar la agenda política
Estos actores contra quienes se construyen campañas específicas para destruirlos surgen como “demonios” junto a lo que representan. Entonces, aparece el etiquetamiento de “comunistas”, “izquierdistas”, “chavistas”, etc. Y son categorías tan efectivas, que los guatemaltecos y sus miedos nunca jamás los aceptarán. La amenaza de otra Cuba u otra Venezuela (países ambos que observan mejores índices de desarrollo social que Guatemala) es suficiente disuasivo para que las personas prefieran seguir en la calamitosa e indigna situación en que viven.
Los actores de cambio han sido demonizados. De allí en adelante, su desaparición camina sola. Por una parte, ocurre que nadie quiere estar con los demonios y con los “apestados”. Así, los movimientos políticos con intenciones de transformación social se ven diezmados y la mayoría de compañeros viran hacia la derecha con tal de desmarcarse de los señalizados para no sufrir el futuro ominoso de difamación e invalidación social que les esperaría de continuar junto a ellos.
Este aspecto es crucial para entender la agenda política de la izquierda guatemalteca. Toda vez que la derecha ha señalado a quien “no le es permitido” estar u opinar en la acción política “aceptable”, porque es “radical”, “salvaje”, “anarquista” o “vándalo”, “perturbador”, “divisionista”, “ideologizado”, etc., el centro se entrega a los brazos de la derecha (lo cual será recompensado con jugosos salarios burocráticos y honras dentro del mundo del espectáculo político y académico nacional e internacional) y la izquierda que no quiere perder su espacio y su mediocre comodidad se corre para el centro. El debate, pues, se destruye en realidad, porque ya no se da entre contrarios, sino entre igualmente convencidos.
Por otra parte, ocurre que la demonización de personajes comprometidos con el cambio cala también en ellos mismos. En primer lugar, porque al verse “apestados”, se corren al purismo de los principios (lo más a la izquierda imaginable), obligados a trabajar simultáneamente en dos frentes de lucha: contra los propietarios del sistema corrupto y contra sus posibles “aliados de izquierda” que los abandonaron, negaron y, si se descuidan, hasta traicionaron abiertamente. 
En segundo lugar, porque los sectariza, ya que al vedarles acceso a los espacios oficiales de discusión, tienden a volverse conspirativos, paranoicos y, sobre todo, ineficaces, como puede observarse en su rápido decrecimiento como grupo y en la prácticamente nula capacidad de incidencia en los procesos sociales. Como en toda secta, el fin último empieza a convertirse en “tener la razón”.
Nota publicada en CEPPAS.org.gt
Investigador, aprendiz de historiador, casi abogado y en proceso de ser comunicador. Actualmente se desempeña como metodólogo del ICCPG y coordina el programa de Estudios sobre el poder

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jueves, 21 de septiembre de 2017

Por qué la lucha contra la corrupción sí es ideológica

 La corrupción tiene su origen en el sistema económico guatemalteco. Es un requisito esencial para la acumulación de cualquier tipo de riqueza en el país. Foto: Rex Mamey/Twitter

POR JUAN PABLO MUÑOZ ELÍAS  
Desde que en 2015 la CICIG dio un vuelco hacia la investigación de la delincuencia económica cayó en desgracia para las élites empresariales y políticas del país. En consecuencia, la clase media entró en contradicción sobre si seguir apoyándola o no y hasta diferentes sectores populares le restaron simpatía. En cuestión de meses, Iván Velásquez pasó de ser el héroe que desenmascaró a una mujer extremadamente corrupta (Roxana Baldetti) al villano extranjero sediento de poder que ponía en riesgo la "soberanía", la "institucionalidad democrática" y hasta las buenas costumbres.
Lo anterior tiene una explicación: la corrupción no es solamente un problema educativo que pueda erradicarse con cartillas cívicas u oraciones dominicales. Tampoco es producto de la desviación enfermiza de algunos “incorregibles”. La corrupción es, ante todo, el conjunto de reglas que actualmente posibilitan la acumulación de capital y la validación subjetiva que de ello hacen todas las personas a quienes en mayor o menor grado beneficia.
Atacarla, pues, genera tantos anticuerpos porque implica cuestionar y desmontar la forma como se mantienen todas las riquezas del país y el esquema que han aceptado validar todos los que aspiran a tenerlas. Es como botarles su mundo.
Corrupción y riqueza
La historia de Guatemala está plagada de líderes militares que acceden al poder político para regentear sus propios intereses económicos, los de sus familiares y los de sus amigos. Un ejemplo de ello es Justo Rufino Barrios, el finquero cafetalero que transformó la fisonomía del Estado de Guatemala, cooptándolo, para ponerlo al servicio de una camarilla de compadres que deseaban vivir privilegiadamente gracias al trabajo y a la desgracia ajenos. Y dicho patrón lo repitieron los azucareros, algodoneros y palmeros; también los dueños de los monopolios industriales y los financieros, así como los grandes comerciantes y otros.
Pero, la cooptación del Estado es un ejercicio tan complejo que requiere el concurso de un equipo de profesionales bastante amplio (juristas, cabilderos, economistas, comunicadores, estrategias militares, etc.). Así, el ejercicio de la corrupción excede los límites de las élites y se introduce permanentemente en las clases medias, deseosas de acaparar unas buenas migajas para sostener un ritmo de consumo bastante parecido al del resto de las sociedades occidentales del mundo. Es la única forma en que pueden alcanzarlo, toda vez que la membresía al mundo de la riqueza está limitada a los amigos de los gobernantes.
Sin la corrupción como horizonte ético y como conjunto de reglas objetivas, el desarrollo económico sería incierto. Por ello, cualquier empresario emergente prefiere invertir en coimas para garantizarse ganancias, antes que participar en el “libre juego del mercado” que plantean los liberales. Sin corrupción, pues, no hay certeza jurídica para los capitales.
Corrupción y régimen electoral
Comprendido lo anterior, puede entenderse el sistema electoral y de partidos políticos. Este es un mecanismo que funciona como una sala de juegos, en donde se paga por entrar y en donde sólo puede permanecer el que cuenta con recursos.
El pago de entrada se da a través de los partidos políticos y es cobrado por los recaudadores de fondos con que cuenta cualquier organización partidaria que tenga aspiraciones serias de llegar a administrar lo público para el interés privado. Y tanto los que pagan (financistas) como los que cobran (políticos profesionales) constituyen la dirigencia del país. Claramente, en este modelo no hay más lealtades que las del dinero, por lo que los jugadores más poderosos pagan derecho de piso en más de una sala de juegos a la vez.
Los casos típicos de lo anterior son Ángel González y Dionisio Gutiérrez, financistas de todos los gobiernos de las últimas décadas. Y las prebendas que ello les ha generado son tan millonarias que es imposible de cuantificarlas, en primer lugar porque no son registradas para evadir impuestos y, en segundo lugar, porque son retiradas del país. 

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La corrupción y el individuo
Recapitulando, podemos decir que la corrupción funciona de dos formas: a) como reglas objetivas que se establecen entre los actores políticos y económicos y b) como una convicción individual de cada uno de sus miembros de que es correcta, normal, necesaria, válida, legítima o deseable.
Todas las personas que actualmente están sometidas a investigaciones o procesos penales, tienen el común denominador de que consideran que están siendo injustamente señalados por hacer lo que cualquiera haría. En su fuero interno, cada uno de ellos pensará: “Yo tengo derecho a vivir bien y a darle lo mejor a mi familia”. Y para alcanzar dicho objetivo personal, cumplir con las reglas de la corrupción es determinante.
A través de esta forma de pensar, el ciudadano común y corriente valida la conducta de políticos y empresarios bajo el supuesto de que, si pudiera hacerlo, él también lo haría. En el fondo, pues, lo que priva es la idea de que lo más importante es acumular riqueza, aún cuando sea en desmedro de los derechos de los demás a una vida digna.
Lucha contra la corrupción, formas de verla
La corrupción es ideológica. Vale la pena que lo repitamos. Quienes la practican con el fin de obtener privilegios económicos lo tienen claro: es un acto de supervivencia y no los incomoda; es parte de su concepción del mundo. Quienes, en cambio, la cuestionan, parecen estar más confundidos.
Por una parte, está el sector que, casado con la legalidad, repudia la corrupción en tanto infrinja tipos penales, pero la endosa a la mala educación recibida en los hogares de los corruptos. Este sector no logra –o no quiere– ver que la corrupción no es una anomalía, sino parte constitutiva del sistema económico y que consiste en el aprovechamiento egoísta de lo que debería ser para el beneficio colectivo. 
Así, quienes logran dimensionar la corrupción en su perspectiva histórica, comprenden que el combate hacia la misma es, en el fondo, un combate hacia el sistema de privilegios que tiene sumido al país en la indecible miseria en que vive la mayoría. Comprende que la corrupción está a la altura de la discriminación, de la violencia y del racismo como males fundamentales a erradicar en cualquier sociedad que se precie de dignificar a la persona humana... 
Nota publicada en CEPPAS.org.gt

Investigador, aprendiz de historiador, casi abogado y en proceso de ser comunicador. Actualmente se desempeña como metodólogo del ICCPG y coordina el programa de Estudios sobre el poder

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lunes, 7 de agosto de 2017

Venezuela y la Constituyente. ¿Y ahora qué?


Foto: El Venezolano 


POR MARCELO COLUSSI 



Insistir en debilitar doctrinariamente a Maduro, colocando su filiación castrista y comunista (dependencia de los cubanos) como eje propagandístico, opuesta a la libertad y la democracia, contraria a la propiedad privada y al libre mercado.

Parte de la operación “Venezuela Freedom 2”, del Comando Sur de los Estados Unidos



A modo de introducción

En Venezuela acaba de darse un triunfo popular: una masiva elección donde la población se manifestó, una vez más, a favor del proceso en curso. La Asamblea Nacional Constituyente recibió más de ocho millones de votos de aprobación por parte del electorado. Es la décimo novena oportunidad en que el pueblo chavista se impone en una elección democrática sobre veintiún procesos electorales que han tenido lugar en estos años. La oposición, una vez más, salió derrotada.

Pero quedarse solo con el triunfalismo de la victoria, con las consignas chavistas y el festejo desbordante, no terminan de aportar para lo que está en juego. Lo que hay que salvar es el proceso bolivariano que, según se ha dicho, es el camino al socialismo. Allí es donde me parece oportuno abrir una reflexión crítica.

Siendo absolutamente realistas (“Actuar con el optimismo del corazón y con el pesimismo de la razón”, decía Antonio Gramsci), la situación actual en Venezuela es complicada, y el futuro no se ve, siendo veraces, muy luminoso. O, al menos, hay nubarrones que abren preguntas preocupantes. De caer la Revolución Bolivariana, el golpe a los pueblos de Latinoamérica, y seguramente del mundo, sería muy grande. Todo ello serviría a la derecha para demostrar, complementando la caída del Muro de Berlín, la imposibilidad de una opción socialista. En tal sentido, las palabras de Margaret Tatcher serían incuestionables: “No hay alternativa”. O capitalismo… ¡o capitalismo!

¡Pero sí hay alternativas! El socialismo, el poder popular y una economía no centrada en el lucro de la empresa privada, sí son posibles. En la República Bolivariana de Venezuela algo de ello comienza a tomar forma. Pero aún resta mucho por caminar. Y en estos momentos, la coyuntura nos muestra que es posible revertir los pasos dados, acercándonos más hacia el capitalismo que hacia el socialismo.

Pese al triunfo en la elección del 30 de julio, la derecha tiene bastante a maltraer la Revolución. Esto hay que reconocerlo para no errar el análisis, y consecuentemente, los caminos a seguir. La guerra mediático-psicológico montada, y luego las acciones militares de baja intensidad (las guarimbas), no podemos dejar de reconocer que están resultando un duro golpe. ¿Es la Asamblea Nacional Constituyente la mejor, o la única salida, al actual atolladero? Lo que sigue es un intento de reflexión crítica en total apoyo al proceso bolivariano, y de ningún modo pretende tomar el bochornoso discurso de la derecha que tilda al gobierno de “dictadura” y ve en esta nueva instancia un fraude. Pero es necesario plantearse algunas dudas razonables, justamente pare seguir caminando con claridad.

¿Qué está pasando en Venezuela?

En la República Bolivariana de Venezuela desde hace 18 años hay un proceso político nacional, popular, con tinte socialista, que defiende sus propios recursos naturales. Es imprescindible saber que el país, con un millón de kilómetros cuadrados de mar territorial y 2.394km de costa firme sobre el Mar Caribe, es poseedor de las cinco fuentes principales de energía natural: petróleo, gas, carbón, hidroelectricidad y solar. A lo que habría que agregar la orimulsión. De hecho, contiene en su subsuelo las reservas petroleras probadas más grandes del mundo: 300.000 millones de barriles de petróleo, suficientes para 341 años de producción al ritmo actual. Además, de sus entrañas surgen importantes recursos minerales, como hierro, bauxita, coltán, niobio y torio. A lo que habría que agregar enormes yacimientos de oro y de diamantes. Junto a ello hay que destacar que es el noveno país del mundo en biodiversidad en su Amazonia (53.000km2 de selvas tropicales) –utilizable para la generación de medicamentos y alimentos– y décima-tercera fuente de agua dulce (la enorme cuenca del Río Orinoco).

Todo ello es un botín que enormes corporaciones multinacionales ansían, pero que el actual gobierno, iniciado con Hugo Chávez, y con amplio apoyo popular en la actualidad, con el presidente Nicolás Maduro, defienden en pro de un proyecto nacionalista y de profundo contenido social.

La renta petrolera, principal fuente de recursos del país, desde que iniciara la Revolución Bolivariana, se ha volcado a proyectos sociales de amplio beneficio para las grandes mayorías populares. Salud, educación, viviendas, infraestructura básica, son grandes logros del proceso político-social en curso. De ahí el decidido apoyo que recibe. Eso choca con la apetencia de las gigantescas corporaciones petroleras (Exxon-Mobil, Chevron-Texaco, Royal Dutch Shell, British Petroleum, Conoco Phillips, Total, Agip, Repsol) –y sus representantes locales: una extendida burocracia tecno-petrolera que vivió en la opulencia durante buena parte del siglo XX–, siempre a expensas de la mayoría de la clase trabajadora venezolana. Algo de esto comenzó a cambiar con la llegada al poder del presidente Chávez y su preconizado Socialismo del Siglo XXI. Por eso apareció la reacción.

Prácticamente desde que comenzara el gobierno de Hugo Chávez, y más aún a partir de sus primeras medidas de corte nacionalista y popular, la reacción (nacional e internacional) no se hizo esperar. Los intentos de reversión del proceso fueron tan numerosos como ineficaces (intentos de golpe de Estado, paro patronal, sabotaje petrolero, guerra económica interna, violencia callejera, desacreditación mediática a nivel global). Pero ahora, desde inicios del 2017, todo indicaría que la avanzada para botar al gobierno de Maduro entró en una fase aparentemente decisiva. Ahí está, al respecto, el “Plan para intervenir a Venezuela del Comando Sur de Estados Unidos: Operación Venezuela Freedom-2”. Ahí puede leerse, solo para ejemplificar, que: “Venezuela se enfrenta ahora a la inestabilidad económica, social y política significativa debido a la rampante violencia, la delincuencia y la pobreza, la inflación galopante, la grave escasez de alimentos, medicinas y electricidad. Violaciones de los derechos humanos por las fuerzas de seguridad y continuada mala gestión del gobierno del país están contribuyendo a un ambiente de incertidumbre, y grandes segmentos de la población dice que el país va por el camino equivocado. Además, la caída de los precios del petróleo y el deterioro económico generan condiciones que podrían llevar al gobierno venezolano a recortar los programas de bienestar social y su política exterior como el programa de subsidio de petróleo (Petrocaribe). Más recortes a los programas de bienestar social y la continua escasez que parecen inevitables, podría prever un aumento de las tensiones y las protestas violentas, fomentando el presidente Maduro y su partido una ola represiva adicional, como medidas contra los manifestantes y la oposición (…). Es indispensable destacar que la responsabilidad en la elaboración, planeación y ejecución parcial (sobre todo en esta fase-2) de la Operación Venezuela Freedom-2 en los actuales momentos descansa en nuestro comando, pero el impulso de los conflictos y la generación de los diferentes escenarios es tarea de las fuerzas aliadas de la MUD [Mesa de la Unidad Democrática] involucradas en el Plan, por eso nosotros no asumiremos el costo de una intervención armada en Venezuela, sino que emplearemos los diversos recursos y medios para que la oposición pueda llevar adelante las políticas para salir de Maduro.”

En otros términos: una estrategia de guerra impulsada por Washington similar a la que se dio en otros puntos del mundo: Ucrania, Irak, Libia, Siria. Es decir: manipulaciones y acciones varias que permiten derrotar al gobierno de turno (en el caso de Siria no fue posible, dado el decidido apoyo ruso), en función de un proyecto geo-hegemónico de la clase dominante de Estados Unidos y de una oligarquía global, que es quien hoy fija buena parte de las políticas del mundo. Países éstos acusados de ser “dictaduras” pero que, casualmente, presentan grandes recursos naturales, petróleo en muchos casos, apetecidos por aquellas corporaciones globales.

Todas estas estrategias, según formula una estudiosa de asuntos internacionales como Ana Esther Ceceña, ya están debidamente probadas en varios lugares, siendo altamente eficaces: “Métodos [terroristas y desestabilizadores] han sido usados en Libia y Siria. Siempre aprovechando y atizando las contradicciones ya existentes y llevándolas a un nivel de confrontación absoluta, que propicia la introducción de fuerzas adicionales (fuerzas especiales de mercenarios), de operaciones encubiertas o incluso de bombardeos del exterior, que no sólo elevan la tensión sino que garantizan el acaparamiento de los lugares estratégicos (pozos petroleros, puertos, pasos o rutas). Generalmente estas intervenciones se combinan también con algunos ataques estrepitosos y fragilizadores, como incendios de infraestructura básica o de hospitales (maternidades, como en Venezuela), para además crear sensación de indefensión.”

Según algunas fuentes bien informadas, para el segundo semestre del año en curso estaría planificada la eclosión del actual gobierno de Venezuela. La violencia inducida que está viviendo el país desde hace meses (con alrededor de 120 muertos ya), más la imagen mediática presentada por doquier que muestra un caos generalizado, hambre y represión sangrienta, productos todos ellos de una tiránica dictadura, recuerda el escenario de los países antes aludidos.

En pocas palabras, el Plan estadounidense contempla:

1.      provocar desabastecimiento de productos de primera necesidad
2.      impulsar el mercado negro
3.      fomentar la inflación
4.      crear violencia callejera con bastantes muertos
5.      difundir mundialmente una matriz mediática que muestre al país como un caos total manejado por una dictadura sangrienta que hambrea a su población
6.      inducir una división tajante dentro de Venezuela entre chavismo y visceral antichavismo
7.      buscar una guerra civil
8.      pedir airadamente por todos los medios posibles (incluyendo la ONU y la OEA) una intervención extranjera para “restablecer la democracia”, robada por la actual “dictadura”
9.      no está escrito en el plan, pero es el objetivo real: quedarse con las reservas petroleras.



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Asamblea Nacional Constituyente

Ante este embate de la derecha, internacional y vernácula, y ante el clima de violencia creciente que comienza a vivirse desde febrero de este año, el presidente Nicolás Maduro convocó, el pasado 1° de mayo, a la conformación de una Asamblea Nacional Constituyente, “con la finalidad primordial de garantizar la preservación de la paz del país ante las circunstancias sociales, políticas y económicas actuales, en las que severas amenazas internas y externas de factores antidemocráticos y de marcada postura antipatria se ciernen sobre su orden constitucional”.

En el decreto emitido por el Poder Ejecutivo para establecerla, se fija, entre otros puntos, lo siguiente: “1. La paz como necesidad, derecho y anhelo de la nación, el proceso constituyente es una gran convocatoria a un diálogo nacional para contener la escalada de violencia política, mediante el reconocimiento político mutuo y de una reorganización del Estado, que recupere el principio constitucional de cooperación entre los poderes públicos (...) 2. El perfeccionamiento del sistema económico nacional hacia (…) el nuevo modelo de la economía post petrolera, mixta, productiva, diversificada, integradora, a partir de la creación de nuevos instrumentos que dinamicen el desarrollo de las fuerzas productivas, así como la instauración de un nuevo modelo de distribución transparente que satisfaga plenamente las necesidades de abastecimiento de la población.”

Está claro que el objetivo fundamental de la iniciativa es buscar una respuesta no-violenta a la violencia desatada por la oposición, viabilizada básicamente por grupos de jóvenes (mercenarios según pudo establecerse, entrenados por fuerzas militares y paramilitares colombianas, que comenzaron a sembrar el terror ciudadano). El mensaje dominante, desde el momento mismo en que se lanzó la idea de la Asamblea, fue “fomentar la paz”.

Inmediatamente toda la derecha, de Venezuela y del mundo, reaccionó estruendosa acusando de “proyecto dictatorial” la conformación de dicha instancia. La crítica estriba en mostrar cada cosa que hace el gobierno como un acto antidemocrático, nunca apegado a derecho, tiránico en definitiva. Curiosa apreciación, porque en Venezuela cada acción del gobierno, desde Chávez en adelante, se apega rigurosamente a la Constitución vigente. De todos modos, la lucha política admite todo, y en la guerra (lo que se vive es una guerra, decididamente, expresión al rojo vivo de la lucha de clases), la verdad es siempre la primera víctima.

Ahora bien: en sentido estricto, la coyuntura no hace necesaria la reformulación de la Carta Magna, a no ser que se lo hiciera para una profundización real y efectiva del socialismo. Pero todo indica que la estrategia es un emotivo, profundo y enfático llamado a la paz; la construcción del socialismo sigue siendo algo relativamente pendiente. “El perfeccionamiento del sistema económico” que propone, habla de economía mixta (pública y privada). La nacionalización / expropiación de los medios de producción es una tarea aún por realizarse. De ahí que lo que se ha dado en llamar el chavismo crítico abriera también una crítica a la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente. Entiendo que no, de ningún modo, para ponerse al lado de la derecha (como hubo quien así lo interpretó), sino para profundizar la genuina construcción del socialismo. Su pregunta, que entiendo no deja de ser pertinente, apunta a clarificar esto: ¿qué viene luego de la Asamblea?

La crítica, si es constructiva, debe ser escuchada. La derecha, de más está decirlo, no formula crítica sino visceral y frontal ataque. ¡Es terrorismo! Pero si no se acepta la discusión franca, se corre el riesgo de repetir los errores del socialismo real, el socialismo burocrático soviético, por ejemplo. Y justamente la idea de Socialismo del Siglo XXI va de la mano de una superación de ese tipo de autoritarismo.

¿Y ahora?

Lo primero a destacar es que la población masivamente continúa siendo chavista. La derecha, pese a todos sus denodados intentos de desestabilización, aún con su payasesco escenario de una supuesta consulta popular días atrás, no consiguió la cantidad de votos que sí obtuvo el pueblo chavista. La gran mayoría, aun desafiando el terrorismo desatado en estos tiempos, aún pese a todas las amenazas recibidas, a la violencia imperante, al furioso bombardeo mediático antichavista, dio una fenomenal muestra de participación cívica.

Sin dudas que los beneficios de la renta petrolera que ha traído el proceso bolivariano se aprecian. La mejora de la dieta, la alfabetización, el millón y medio de viviendas otorgadas, la cultura popular al alcance de todos, son todas medidas que, aún en medio de dificultades, la gente valora. Por eso los más de ocho millones de votos diciendo sí a la Asamblea.

La acusación de fraude o de dictadura ante la elección de este 30 de julio es ridícula y cae ante su propio peso. La derecha, tanto local como global, no sabe cómo detener esa marea chavista. No hay dudas que la revolución, pese al desabastecimiento, la inflación, la violencia callejera montada últimamente y a toda la desacreditación de que es objeto, se mantiene. La gente ansía la paz. El llamado a la Asamblea Nacional Constituyente funciona como un mensaje político en favor de esa paz.

Ahora bien: la pregunta que se plantea inmediatamente, y que sectores de izquierda, de ese llamado chavismo crítico, sectores que están con el proceso y que siguen esperando la profundización de las medidas revolucionarias, es básica: con esta Asamblea, con una posible nueva Carta Magna, ¿se va de una vez hacia el socialismo? ¿Cómo se construye la paz en medio de este atolladero que los planes de la derecha han creado?

Juan Martorano, por citar alguno de los estudiosos del tema que reflexiona al respecto, lo formula de esta manera: “Ahora ante esta Asamblea Nacional Constituyente, se le impone el reto a Nicolás Maduro y al PSUV [Partido Socialista Unido de Venezuela] de constituirse en el líder y en el partido que puedan hacer la Revolución Socialista y que ésta adopte la senda de la irreversibilidad y del no retorno capitalista. (…) En esta Asamblea Nacional Constituyente, estamos obligados a refundar el Estado. Sin negar los avances de nuestra Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, aún impera, en buena medida, el modelo del Estado Burgués, y ese modelo está totalmente agotado y ya no es viable en nuestro país.”

A esta violencia desatada por los planes imperiales, secundados por la derecha local, no parece lo más idóneo responderle con “laboratorios de paz”, tal como el presidente Maduro lo formulara, con esta apelación al “amor”. Todo lo que la derecha está haciendo constituye, lisa y llanamente, actos de terrorismo, de odio, de muerte. ¿Se responde eso con paz y amor? ¿Los golpes se responden con flores? Cualquiera de estos actos debe ser considerado terrorismo. Así de simple: lisa y llanamente, terrorismo. ¿Cómo se le responde al terrorismo en cualquier latitud? ¿Con flores? ¿Podemos creernos realmente que se está construyendo una alternativa original, socialista quizá, por hacer que la Guardia Nacional se presente sin armas ante las provocaciones terroristas? ¿No se pagará un precio demasiado caro por ello? La instalación de la Asamblea y lo que vaya a salir de ella es aún una incógnita. Preguntarse por eso, por lo que se elaborará, por la forma en que se afianza la paz y una sociedad nueva, en definitiva: por la sociedad socialista, no es exactamente fomentar ni la derecha ni la contrarrevolución.

Decían los romanos del Imperio que “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Quizá esto pueda sonar a demasiado “violento”, demasiado “contrario a la paz”, pero pareciera dar la impresión que en Venezuela la revolución no termina de construir a rajatablas lo que se entiende por socialismo. ¡Y el socialismo significa poder popular!, ¡verdadero poder revolucionario! ¿El poder se construye con flores? Dicho casi mordazmente: “si van a invadir, que invadan por algo, y no solo por el petróleo”.

Insisto con la idea: estas son preguntas críticas que intentan apoyar lo que se está edificando en Venezuela en tanto alternativa a un país capitalista y consumista, donde por décadas su ícono dominante fueron las Miss Universo y el “está barato, deme dos”. La apelación al amor y a la ternura ante el ataque despiadado de la derecha no pareciera ser el mejor camino para afianzar la auténtica transformación socialista, la profundización de la revolución, el alejamiento del rentismo petrolero. O, al menos, abre dudas.

Si bien es absolutamente meritorio la realización de una elección como la de los otros días y, en general, el clima de democracia que se vive con más de una elección por año, la pregunta que debe formularse es si el socialismo se agota en esos marcos, no muy distintos a cualquier “democracia de libre mercado”, o debe apuntar a algo más, a la consolidación de una democracia revolucionaria, de base. No hay dudas que eso es una pretensión en la actual Venezuela, pero aún resta un buen trecho por caminar.

Rosa Luxemburgo, analizando la revolución bolchevique de 1917, dijo: “No se puede mantener el “justo medio” en ninguna revolución. La ley de su naturaleza exige una decisión rápida: o la locomotora avanza a todo vapor hasta la cima de la montaña de la historia, o cae arrastrada por su propio peso nuevamente al punto de partida. Y arrollará en su caída a aquellos que quieren, con sus débiles fuerzas, mantenerla a mitad de camino, arrojándolos al abismo”. Otro tanto podríamos decir respecto a la República Bolivariana de Venezuela, símbolo actual de la Patria Grande Latinoamericana. ¡O avanzamos de una buena vez hacia el socialismo!..., o inexorablemente caemos.

Hay una queja interminable sobre la situación económica, viendo cómo la derecha hace negocios (los bancos nunca ganaron tanto dinero como en estos años, ni siquiera durante la IV República), protestando por el dólar paralelo con el que asfixian la economía de la revolución. Pero si coexisten (tan alegremente, podríamos decir) dos modelos antagónicos como capital privado y planteo socialista, ¿no se está casi absolutamente en manos de esos capitales? ¿Cuándo se profundizan las medidas socialistas? Y profundizarlas quiere decir: ¡profundizarlas! ¿Saldrá ese nuevo producto superador de la Asamblea?

Quizá esta cierta lentitud que vemos en la implementación del socialismo se deba a la forma misma en que nació todo este proceso: no fue la revolución de abajo, del pobrerío que salió a tomar el país, sino que vino de arriba, como proceso cupular. Un día apareció Chávez hablando de socialismo, y nos enteramos que íbamos rumbo al socialismo del Siglo XXI. Así nació, y esa fue la marca de origen: de arriba hacia abajo. Pero luego la población (ese pobrerío siempre excluido) salió a rescatar al líder cuando el golpe de Estado, y comenzó la construcción del proceso que ahora se vive. Esa marca, quizá, dejó huellas indelebles: es un proceso tal vez demasiado centrado en la figura de un líder. Poder popular es algo más que una consigna escrita en una pared, que una marcha multitudinaria, que un funeral atorado de gente que llora a su presidente muerto. Poder popular (¡la savia del socialismo!, ¡¡la verdadera savia del socialismo, junto a la economía no basada en el lucro empresarial!!) es más que ganar masivamente las elecciones (que no dejan de ser un mecanismo de la institucionalidad capitalista).

La Asamblea Nacional Constituyente puede ser una buena oportunidad para dar ese salto. Haber ganado, una vez más, una elección no significa que el socialismo ya está instalado. No debe olvidarse que la guerra está al rojo vivo, y un llamado a la paz no necesariamente tranquiliza a los tiburones que acechan. En todo caso, la paz hay que construirla y asegurarla con algo más que buenas intenciones. De momento las fuerzas armadas parecen una garantía. ¿Habrá ya quintacolumnas esperando el momento? Seguramente sí.

Sin el más mínimo ánimo de ser aguafiestas y empañar la celebración del triunfo popular del pasado domingo, la pregunta de ¿hacia dónde va el proceso? es absolutamente válida. Más aún: es imprescindible...

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Marcelo Colussi     PLATIQUEMOS UN RATO  

Argentina (1956). Estudió Psicología y Filosofía. Vivió en varios países latinoamericanos y desde hace 20 años radica en Guatemala. Investigador social, psicoanalista y además escribe relatos, con varios libros publicados. Foto: aporrea.org


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jueves, 20 de julio de 2017

Racismo (o María Chula no es María Félix)

Foto: CODISRA/Facebook 


POR JAVIER MARTÍNEZ 

Aquí explico lo que, como antropólogo y lingüista, entiendo del caso de la tienda de ropa en línea María Chula y cuya denuncia al MP, por parte de CODISRA, ha causado debate en redes sociales. Para hablar de este caso, necesitamos antes comprender tres conceptos: 

• Habitus: es un concepto creado por Bourdieu y que permite entender cómo funciona la vida diaria. En resumen, el Habitus es el producto de mi condición de vida, a su vez condicionada por las condiciones de vida de los otros. En otras palabras, Habitus es el factor que condiciona la forma en que el ser humano experimenta la vida en sociedad. El Habitus crea un «sentido común» compartido. 


• Racismo, según Casaús, es «la valoración generalizada y definitiva de unas diferencias (biológicas o culturales / reales o imaginarias) en provecho de un grupo y en detrimento del otro, con el fin de justificar una agresión y un sistema de dominación». No confundamos, por cierto, racismo con discriminación. Discriminar es llevar el racismo a la práctica: consiste en tratar diferente a los otros con base en prejuicios y estereotipos; dicho trato se convierte en un comportamiento (explícito o implícito) sistemático. En otras palabras, el racismo es la teoría y la discriminación, la práctica cotidiana; esa que se da diariamente en el habitus.


• Semántica es la disciplina que estudia el significado de las unidades lingüísticas y sus combinaciones. En otras palabras, cómo una palabra llega a significar algo y, también, cómo una misma palabra puede tener distintas combinaciones y significados. El mismo Saussure dijo sobre la semántica que para el hablante resulta fácil darse cuenta del juego de palabras pero difícil entender cómo funciona.

Entonces, el habitus crea un sentido común compartido, las «reglas de la vida diaria», un sentido de la realidad en que vivimos y que hace imposible negar que la palabra «María» es más que un nombre propio y «chula», más que un simple adjetivo. El uso de «María» como sustantivo propio y de «chula» como sinónimo del adjetivo «bonita» no es racismo porque carece de carga peyorativa y nadie persigue este uso. En otras palabras, usted puede decirle «chula» a su novia «María» sin caer en racismo; insistir en este punto es simplismo infantil y esquivar el problema de fondo.
Sin embargo, «María» utilizado para anular la identidad individual de la mujer indígena que porta su vestimenta maya y «chula» para dar a entender que solo pueden trabajar como empleadas domésticas (con carga paternalista, además) sí es racismo, y es a esa denotación semántica a que CODISRA hace referencia en su denuncia, según su comunicado. En ciertas ocasiones, este uso racista se hace de manera explícita (un cliente que entra a un comercio que ve vacío y grita «¿Hay, María?») pero también suele aparecer de forma implícita (una mamá a la que «se le sale» un "cariñoso" «¡No seas indio!» hacia su hijo por decirle «¡No seas necio!»). 
La gran pregunta es: ¿El negocio virtual de venta de ropa con base en tejidos mayas, María Chula, usó peyorativamente ambos términos? La respuesta es «sí» y la clave está en el tipo de negocio que es. Si se tratase de otro tipo de negocio tal vez no pudiera hacerse la asociación semántica entre «María chula» y la carga racista. Quedaría entonces, como muchos afirman, solo una lectura básica y literal de «María bonita». Sin embargo, el término «María chula» en el contexto de ropa femenina / tejidos mayas sí permite una interpretación como lenguaje discriminatorio. El contexto, el habitus, la interpretación semántica del concepto (dónde se usó, grupo étnico de quien lo usó y la actividad económica en que se usó) no dejan lugar a dudas; en el mejor caso podríamos hablar de un racismo implícito al elegir el nombre de la tienda pero racismo al fin. Si usted afirma que ve un negocio de ropa femenina cuyo diseño se basa en tejidos mayas y el nombre «María Chula» no le trae a la mente un grupo de mujeres mayas con sus trajes tradicionales, simplemente está negando el habitus que todos conocemos.
La verdadera alarma está en las redes sociales y la oficiosa defensa que el ladino promedio hace de su idioma español: no permite que una institución ajena a su realidad étnica, como lo es CODISRA, lo rija en un contexto que considera sumamente propio: el lenguaje. Paradójico, por cierto, dado que conocemos miles de casos en los que se ha intentado prohibir el uso del idioma maya en contextos laborales o educativos, donde los ladinos suelen dominar (véase el «Diagnóstico del racismo en Guatemala» del 2006). El punto es que seguir negando la existencia de un lenguaje discriminatorio (y su uso en la vida cotidiana guatemalteca) no hace más que fomentar el mismo racismo y justificar la existencia y funcionamiento de CODISRA. Por otro lado, burlarse del racismo o de las acciones para combatirlo es un comportamiento explícito sistemático que denota discriminación.


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A continuación, respuestas rápidas a algunos argumentos que he visto en redes sociales:
• ¿Ya no puedo usar el nombre «María» ni decirle «chula» a nadie? 
o «María» como nombre propio y el adjetivo «chula» como sinónimo de «bonita» no son lenguaje discriminatorio. Ahora, si usted usa «María» para referirse a cualquier mujer indígena y «chula» para llamar a la servidumbre, sí; usted usa un lenguaje discriminativo.


• Ya explicó la dueña (María Andrea Flores) que era un homenaje a su abuela y, obviamente, «María» es su nombre.
o Es querer tapar el sol con un dedo. La clave está en el tipo de negocio: vestimenta con base en tejidos mayas. La dueña puede honrar a quien quiera y llamarse como quiera pero, en el contexto de su negocio, aprovechó el doble sentido racista de la frase «María Chula» para fijarse en la mente de sus compradores. Tal vez lo hizo implícita y no explícitamente pero, igual, sigue siendo racista.

• CODISRA divide al país y no respeta la multiculturalidad de los otros
o Reconocer al otro no divide al país, al contrario, lo integra. Argumentar que no se respeta la multiculturalidad al excluir al ladino es solo un argumento falaz; el ladino concentra el poder, la riqueza, la educación y los servicios estatales, así que CODISRA debe concentrarse en apoyar a las etnias discriminadas y excluidas.

• Los indígenas están siendo racistas con los ladinos. Los indígenas son racistas entre ellos.
o Véase la respuesta anterior. Además, son argumentos malintencionados que intentan culpar a la víctima; afirmar esto es tan absurdo como culpar a la víctima de acoso sexual por la manera en que se viste.

• ¿Por qué no va CODISRA contra otros negocios y solo elige blancos específicos?
o Primero porque los acusarían de que es una «cacería de brujas» como ya lo están haciendo; segundo, porque asumo que tienen recursos limitados (no creo que sean una prioridad en el gobierno actual) y, tercero, supongo que por medio de estos casos mediáticos tratan más de educar a la sociedad que de castigar culpables (lean el final de su comunicado donde instan a analizar antes de difundir). 

• El combate a la discriminación se les está saliendo de las manos; parece una cacería de brujas. 
o Como se indicó arriba, si van tras pocos se les exige que sean justos y vayan contra todos; si van contra todos, se convierte en cacería de brujas. En general, CODISRA ha llevado casos puntuales y, entiendo, que a manera de convertirlos en casos paradigmáticos y ejemplares. El combate al racismo en Guatemala no está ni cerca de salirse de las manos ni de ser exagerado; al contrario, falta mucho todavía para que seamos una sociedad libre de racismo.

• Están buscándole tres pies al gato con acusaciones sacadas de la manga.
o El análisis cualitativo de contenido (o análisis discursivo) es una metodología científica hartamente descrita, validada y aplicada en el mundo. Que usted no la conozca o no la entienda no la hace «sacada de la manga».

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Licenciado en Letras y en Antropología; tiene un posgrado en Lingüística y una maestría en Comunicación. Actualmente estudia un doctorado en Investigación. Tiene experiencia como catedrático y editor


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lunes, 17 de julio de 2017

Línea del tren: un sendero de la miseria

Foto: Christian Rodríguez


POR CHRISTIAN RODRÍGUEZ

Luego de recorrer 34 kilómetros a pie ese primer día, comí algo en un puesto callejero, de esos que abarrotan la salida del IRTRA con frituras, tortillas con carne y frutas.  Luego me alejé un poco de las casas y me metí al monte donde encontré un sitio medio escondido para colgar mi hamaca y pasar ahí la noche.

El siguiente día amaneció con una luz preciosa, noviembre suele traer bajas temperaturas, fuertes vientos y por ende cielos despejados. Era consciente de que la línea del tren desde ese punto se alejaba de las poblaciones y de la carretera interamericana cada vez más, pero estaba decidido a continuar la travesía en soledad, únicamente acompañado de pájaros y lagartijas.

Allí me fijé en un grave error, los mapas que llevaba eran de 1957 y estaban medidos en millas, no en kilómetros, por lo que las distancias resultarían mucho más largas de lo que había planificado. Además, muchos de los poblados que ahí se mencionaban habían sido abandonados luego de que el ferrocarril dejara de transitar por esas tierras.

En esa empinada cuesta la línea del tren se adentraba a un oscuro túnel para salir del otro lado de la montaña, un túnel que me trajo memorias de mi niñez, de una excursión que realizamos en la escuela.

Esperábamos atravesar ese mismo túnel para hacer travesuras en la oscuridad. Algunas parejitas de enamorados se sentaron juntas, pero la mayoría, que no teníamos pareja les teníamos preparada una sorpresa: les tiraríamos harina durante el paso del túnel. Pero la cosa se descontroló, dentro del túnel se comenzaron a escuchar gritos, risas, golpes y salieron objetos volando por todos lados. Salimos del tren bañados en harina, a algunos les tiraron sus pertenencias por la ventana y yo resulté con un ojo morado de un zapatazo que recibí en el rostro.

Al salir del túnel vi que la línea del tren seguía por muchos kilómetros paralelo al río. Varios puentes de hierro y madera, de más de 100 años de antigüedad, que jugaban de pasarse de un lado al otro del río en una zigzagueante senda entre montañas.

Cerca de la aldea Cucajol me encontré con una persona que cargaba un costal lleno de naranjas. Nos detuvimos a conversar, él creía que yo era trabajador del ferrocarril, su padre y su abuelo sí lo habían sido y le daba tristeza saber que el tren ya no funcionaba. Su familia se había visto muy afectada, perdieron sus trabajos y se comenzaron a dedicar a la agricultura. “Desde entonces pasamos penas”, me dijo. Antes de despedirnos me regaló un par de naranjas.

Los días siguientes la caminata se complicaba, las distancias eran mayores de lo que había calculado, las altas temperaturas de oriente cada vez golpeaban con más fuerza mientras descendía de altitud, pero sobretodo me afectaba algo que no tenía nada que ver con el “senderismo extremo”, y era pasar por guetos de champas y chabolas donde vivían personas en condiciones de extrema pobreza.

La mayoría de niños y niñas andaban descalzos o calzaban zapatos totalmente destrozados, vestían con harapos llenos de mugre, sus cabellos estaban sucios y su rostros ennegrecidos por el barro de la mezcla de tierra con mocos. Pero eran felices, se acercaban a mí para preguntarme cosas, eran muy curiosos, me pedían que les sacara fotos, luego que les enseñara a usar la cámara y terminaban sacándose las fotos ellos mismos.

Esa escena se repitió por el interminable sendero, interrumpido nada más por una naturaleza impresionante donde a lo lejos me saludaban niños y adultos que estaban trabajando la tierra.


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Varias veces me topé con mujeres que lavaban ropa en el río mientras sus hijos e hijas se divertían nadando en las posas. Casi todas las mujeres, menos las más jóvenes, estaban con los pechos al aire, no se inmutaban al ver a un extraño, es más, bromeaban con una invitación para unirme a una supuesta fiesta. A las mujeres más bromistas, y que reían sin parar, les calculaba edades entre los 50 y 70 años, quizá más.  

En cada aldea intentaba comprar algo de fruta o tortillas, pero muchas veces las personas con las que me paraba a platicar insistían en regalarme algo para el camino. Eran constantes las pláticas en las que me recordaban que años atrás pasaban por ahí muchas personas gracias al ferrocarril y como sus vidas habían cambiado, no siempre para bien.

Mientras me alejaba de la ciudad de Zacapa, el paisaje se tornaba más hostil. Paralelamente al río Motagua sobre la línea férrea no quedaban poblaciones a la vista, solo vestigios de antiguas estaciones semidestruidas.  Me impacienté, porque cada vez veía más y más serpientes que descansaban entre los durmientes o se atravesaban de un lado a otro.

No había comido ni bebido nada en horas bajo el implacable sol. De repente, me encontré con unos niños que jugaban en la tierra. Les pregunté por un lugar donde conseguir comida y algo de beber. Salió la madre de los niños, de unos 30 años, vivía ahí con dos hermanas y otros sobrinos. Casi todas eran mujeres, menos un niño de unos 7 años y el abuelo, que tenía más de 90. Sus esposos, habían migrado a Estados Unidos.

Me invitaron a quedarme, pensaron que yo era un investigador, ya que recordaban que unos diez años antes un joven estudiante  llegó a estudiar arañas autóctonas del área, después de él no habían visto a nadie más pasar por ahí. El siguiente día me invitaron a una excursión, fuimos todos menos el abuelo, que era ciego y había perdido el habla años atrás, él solo quería pasar el día entero sentado en una hamaca.

Me enseñaron los terrenos que se extendían hasta las laderas de una montaña, con un pequeño riachuelo, en donde vivían las famosas arañas. Desde lo alto se veía un pequeño sendero, este les unía a otro poblado a unos 3 kilómetros de distancia, el mismo que recorrían las niñas todos los días para ir a la escuela, pero ahora estaban de vacaciones.

Lejos de ahí fui pasando por aldeas más pobladas: Biafra, Bainilla e Iguana en las que vi más y más pobreza. Muchas personas vivían en casas hechas de cartón, plástico y palos atravesados. No tenían nada, ni energía eléctrica, ni agua, ni siquiera una letrina, iban a hacer sus necesidades al monte.

Al enterarse de mi viaje me invitaban a comer o a beber algo mientras me hacían preguntas de todo tipo. Don Jorge tenía mucha curiosidad de quién era yo, y por qué estaba haciendo la caminata.Sinceramente yo no tenía mucho que contarle, su historia era mucho más interesante que la mía. Don Jorge había sido profesor, de los buenos, incentivaba a sus alumnos a poner en duda lo que les enseñaban, así ellos podrían investigar y aprender más por su cuenta. Pero durante la guerra esto no agradó a sus jefes, se corrió la voz de que él apoyaba a la guerrilla y el día que llegó el ejército a llevárselo él ya se había escapado a la montaña. Vivió en solitario muchos años, volvió a su casa muchos años después de haber terminado la guerra. Su casa ya no existía, ni sus vecinos, solo estaba el terreno y la línea férrea abandonada. Con sus seis hijos se dedica a la agricultura y venden sus productos en la población más cercana que está a cuatro kilómetros caminando desde allí.

Don Jorge me dio el contacto de una persona en la aldea Managua quien me daría de comer y un lugar para dormir. Mi plan era seguir muchos kilómetros más adelante pero al llegar al lugar me impresionó tanto por su belleza que decidí quedarme. La casa estaba en lo alto de una colina con una vista privilegiada de un puente y dos caudalosos ríos que se juntaban en el lugar.

Allí me puse a hacer apuntes, después de haber jugado pelota con unos niños. Uno de ellos me lanzó una pregunta incómoda: “¿Cuánto ha sido el mayor tiempo que ha pasado con hambre?”. Tuve que mentir, dije que dos días. Me respondió de modo orgulloso que, una vez él y su familia, habían aguantado sin comer durante siete días, su hermano menor lo corroboró.

La noche tuvimos una cena muy amena, la pareja vivía sola, sus hijos habían seguido el mismo rumbo que gran parte de la población joven, habían migrado al norte.

Los siguientes días bebí poco y comí casi nada, por momentos me dolía el estómago del hambre pero estaba seguro de que no era nada comparado con el hambre que vivían esas personas prácticamente todos los días de su vida. Sus historias estaban siendo tan difíciles de digerir que por momentos quería dejar de seguir la travesía.

Luego de 15 días me había recorrido los 317 kilómetros que une la vía férrea de Guatemala a Puerto Barrios. Muchas de las historias las tengo bien grabadas en mi mente, unas más dolorosas que otras, pero todas trágicas, injustas y sin un futuro prometedor.

Mi proyecto de senderismo fue aplaudido y un periódico publicó una nota de tres páginas sobre ello. Sin embargo el proyecto no tenía ningún provecho más que la satisfacción personal, por otro lado los mismos periódicos satanizaban otra actividad de senderismo, esta vez por una marcha indígena y campesina la cual sí tenía un objetivo importante: reclamar el respeto de sus derechos y solicitar apoyo al gobierno para enfrentar el hambre y la pobreza, pero recibían como respuesta mensajes racistas, clasistas y llenos de odio.


Esos mensajes en contra de las manifestaciones siempre llevan la misma consigna, poniendo al derecho de una vida digna por debajo del  “derecho de locomoción”, que se refiere al derecho internacional de migrar, al de traspasar fronteras exclusivamente... 

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Christian Rodríguez      DE SIMAS Y CIMAS

Nací en 1976. Crecí en la zona 18.

Para escapar me fui a probar suerte a las montañas (más de 400 ascendidas en Europa, África y América). 
Soy guía de montaña titulado en Europa, conferencista, galardonado escritor y fotógrafo. Presidente de Entreamigos-Lagun Artean. Migré a tierras vascas (2009) siguiendo el amor 




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