domingo, 5 de abril de 2015

Entre las nubes





POR CHRISTIAN RODRÍGUEZ 


He visto las nubes bajo mis pies en muchas ocasiones, a través de una pequeña ventana de avión y hasta las he admirado en todo su esplendor desde lo alto de las montañas. 

Las he acariciado en forma de niebla, estratos y cúmulos que se estrellan contra las vertiginosas cumbres, y he sentido incluso su peso cuando se forman los cumulonimbus. Durante horas, era lo único que veía cuando viajaba hacia el viejo continente.

Las nubes trajeron la lluvia al País Vasco durante días, semanas y meses. Algo a lo que están tan acostumbrados que la vida sigue tan normal.

La gente se reúne en pequeños sitios llamados “bares” para conocerse, charlar y hasta para trabajar. Nadie se reúne en las casas. Por más grande que sea su amistad y confianza jamás te invitarán a sus propias casas. No, aquí no. O vas al bar o te puedes ir con tu bonita amistad al carajo.

Los bares europeos no son lo mismo que los bares de Latinoamérica.  

En Guatemala, por ejemplo, la palabra «bar» es sinónimo de «cantina». Antros de miseria en donde se «rola» alcohol, drogas y sexo impúdico mientras disfrutan de la música tejana y ranchera o de los chistes de Velorio. Esos chistes tan guatemaltecos que intentan caramelizar la discriminación racial, la homofobia y el machismo. 

No hay barrio en Guatemala que no tenga una cantina, ni un borracho popular conocido (y querido en el fondo) por todos los vecinos. 

Y es que las cantinas son nacederos de obscenos personajes que nos dan tanta pena como risa, ya que buenas personas casi siempre lo son. 

Ahí están dormidos cerca de las cantinas los borrachos en las banquetas, en las esquinas, en los escalones y sobre las tumbas de los cementerios en los días de fiesta, y en las posiciones más inverosímiles dignas de asombrosos contorsionistas.

Cuántas veces no tuve que levantar al “Mono” de en medio de la banqueta para no pasarle encima con mi motocicleta. 

Cuántas veces no me despertó a media noche tocando la puerta frenéticamente pidiendo un vaso con agua o una tortilla.

Cuántas veces no defendió a las «patojas» al enfrentarse con otros borrachos pervertidos que las acosaban.

“El Mono” era un héroe, un bufón que nos hacía reír. Un personaje melodramático que casi nos sacaba las lágrimas por su condición infravalorada.

Los padres del “Mono” no le abrían la puerta de casa. Eran fanáticos religiosos protestantes y su hijo encarnaba nada más y nada menos que los deseos del diablo. Lo habían condenado a vivir en la calle bajo la lluvia, el frío y un sofocante sol. Solo le abrieron la puerta y le permitieron estar en una habitación para velar su propio cuerpo. 


Fotos de Christian Rodríguez

Siendo abstemio, no podía evitar sonreír al recordar los nombres de algunas cantinas: “Los Valientes”, “Divina Providencia”, “Los Machos También Lloran” y una que era conocida como “Alcohólicos Anónimos”... 

Ninguna daba la impresión de ser un negocio rentable, aunque desde tempranas horas de la mañana hasta bien entrada la noche, rondaban en ellas los fieles y leales clientes zombificados atalayando hasta peines usados para revenderlos y obtener así suficiente dinero para pagar un traguito más.

No me llamaba la atención ir a los bares de ningún tipo. Aparte de abstemio era bastante antisocial y casi misantrópico. De los que detestan los lugares de gran afluencia de personas. Por eso me voy a la montaña cada vez que puedo. Pero por el hecho de migrar, y la necesidad de integrarme socialmente, no pude evitar ir a un bar en Bilbao. Mi esposa, con toda la buena intención, me llevó para reunirnos con sus amistades a tan solo unas horas después de haber puesto mis pies en el viejo continente.

Fue como recibir un martillazo limpio en la cabeza. De golpe ya no pude respirar y se me nubló la vista. No veía nada entre la espesa nube de humo de gran variedad de tabacos y hierbas naturales. “Drogas blandas”, les llaman aquí.

El sonido era estridente, la música popular sonaba a gran volumen. Además había 2 ó 3 televisores a todo volumen con distinta programación cada uno. Y la gente gritando porque no se escuchaba nada entre ese caótico ambiente. Me dio un ataque de basca con “b” de náusea, no con “v” de vasco, aunque tenga relación por donde ocurrieron los hechos.

Los ojos se me cerraban por el ardor de la evaporación de alcohol en los cuerpos que supuraban embriaguez, y la lluvia de hollín que se desprendía de los nubarrones producidos por la gran cantidad de fumadores allí encerrados. 

Así que me salí, y estuve un buen rato afuera bajo la constante lluvia intentando que mi cuerpo se oxigenara de nuevo. Mi esposa y sus amigas no lo entendían, y aún no lo entienden, supongo.

Mi mente se retorcía intentando entender por qué las personas se reunían en esos lugares para conversar. ¿Para qué jodidos están entonces encendidas tantas televisiones? Y esa música comercial tan repetitiva a todo volumen… nadie se interesa por eso. Lo que quieren las personas en los bares, se suponía, era hablar, beber, conocerse, beber, besuquearse, beber y lamerse todo el cuerpo. Un bar es el último lugar adonde iría para entablar una conversación en mi sano juicio.

Hubo comentarios haciéndome de menos.

-¡Ay qué pena, eres intolerante al tabaco! 

Pues sí, soy intolerante al tabaco. En realidad me da igual que las personas fumen. Son libres de hacerlo. Pero por favor, ¡no fumen en mi cara!

Después de ese día me di cuenta de cómo venden los excesos en Europa. Venden la imagen de que una persona adolescente o adulta que fuma puede ser un deportista saludable, además de sexy y un poco rebelde. 

¿Sexy eh? Qué de sexy tendrá lamer un cenicero sucio me pregunto yo. ¿Y a qué rebeldía se refieren? ¿A ser tan rebelde como para engrosarle las ganancias a las empresas tabacaleras?

Los fumadores tenían más derechos. En los aeropuertos tenían salones más cómodos para fumadores y por las calles y edificios hay más basureros exclusivos para colillas de cigarro. Aún así, las calles están tapizadas de colillas, muchas aún humeantes, que hacen de los paseos la experiencia más desagradable.
 
Había nubes de humo de cigarros en las estaciones de buses, metros, teatros, cines, bares, escuelas, polideportivos, playas, parques infantiles… vi madres fumando mientras amamantaban a sus bebés. 




En 2011 vino la prohibición de fumar en lugares públicos en toda España. Pero la gente se niega a entender lo que significa “lugar público”. Ya perdí la cuenta del número de personas a quienes he cuestionado por fumar en la cara de mi hija mientras ella alegremente se columpiaba en el parque.

Con la prohibición aparecieron de pronto mensajes subliminales por todos los sitios. Cartelitos con el mensaje “Prohibido fumar”, como si hiciera falta recordarlo. ¿Acaso han visto carteles de “Prohibido violar” o “Prohibido robar”? 

En realidad, poner carteles de la prohibición de fumar es una manera de producir ansiedad en los fumadores. Así funciona la psicología inversa. 


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Christian Rodríguez      DE SIMAS Y CIMAS





Nací en 1976. Crecí en la zona 18 influenciado por la pobreza, las injusticias sociales, la falta de oportunidades y la constante amenaza de la violencia de la guerra y las pandillas.

Para escapar me fui a probar suerte a las montañas.  
 
Más de 400 ascendidas en Europa, África y América.  
Entrené muy duro: «Potencia» acarreando agua hasta mi casa. «Resistencia» colgándome de las ventanas de viejos autobuses para ir a estudiar y trabajar. «Velocidad» huyendo de la delincuencia común.    

Migré a tierras vascas en 2009 siguiendo al amor.
Soy guía de montaña titulado en Europa, conferencista, galardonado escritor y fotógrafo. 
Además, presidente de una ONG con proyectos de cooperación y becas estudiantiles en Guatemala y organizador de programas de montañismo para migrantes, personas con discapacidad o sin hogar. 
«Guatemalteco Ilustre 2014» aunque no sé por qué sinceramente. De «ilustre» no tengo nada y de «guatemalteco» me queda poco. Me considero ciudadano del mundo.






miércoles, 1 de abril de 2015

El país que construía una cultura de paz maltratando a sus niños





POR MYRELLA SAADEH 


Así comienza el cuento que vivimos día con día y año con año en Guatemala. Un país que ama a sus niños de tal manera, que aparecen en campañas electorales, del Gobierno, en el álbum familiar y en la publicidad de cualquier marca que promete bienestar.

La realidad, sin embargo, contradice nuestro discurso familiar, escolar, de comunidad y país. 

La Oficina del Procurador de los Derechos Humanos, desde 2010 hasta abril de 2014, reporta 14,923 denuncias recibidas por violencias contra niños y niñas.

De estas denuncias, 6,088 son por maltrato. El 47 por ciento está situado en el departamento de Guatemala y sólo el 21 por ciento en departamentos de mayoría indígena. Aclaro: son denuncias, no los casos que existen en el país.

Expertos afirman que por cada denuncia existen 10 casos que permanecen en silencio, lo que permite inferir que hay cerca de 60,000 niños maltratados durante el tiempo mencionado.

La misma fuente refiere 179 casos de violencia intrafamiliar en el mismo período, 83 por ciento de los cuales se ubicó en Alta Verapaz, Chimaltenango y Escuintla.

El Instituto Nacional de Ciencias Forenses de Guatemala (INACIF) reporta que entre el 1 de febrero y el 13 de marzo de 2015, realizaron 164 necropsias de personas menores de edad (de 0 a 18 años, y 4 no nacidos), 44 de mujeres, 116 de varones y 4 con sexualidad indeterminada por razones asociadas con trauma, heridas, asfixia, quemaduras, intoxicación y politraumatismos, lo que impone pensar que la violencia contra niños, niñas y adolescentes los lleva a la muerte.

¿Cómo se puede escribir una historia de paz en Guatemala, cuando miles de niños reciben palo cotidianamente de las personas y los contextos donde deberían recibir amor? ¿Es posible hablar de escuelas sin violencia y sin bullying cuando los propios maestros establecen la norma histórica de que “La letra con sangre entra”? ¿Será que la disciplina es posible en la familia solamente con chicote o leño en las piernas?

Según las Naciones Unidas, el concepto de construcción de paz está íntimamente asociado a los valores que devienen en actitudes que se oponen a actos de violencia y que, por el contrario, impulsan el diálogo, la incidencia y la negociación para la resolución de conflictos que amenazan con romper dicho equilibrio.

Esta organización internacional impulsa un programa de acción que propone 8 ámbitos: 

1. Promover una cultura de paz por medio de la educación. 2. El desarrollo económico y social sostenibles. 3. El respeto de todos los derechos humanos. 4. La participación democrática. 5. Comprensión, tolerancia y solidaridad. 6. La paz y la seguridad internacionales. 7. Apoyar la comunicación participativa, la libre circulación de información y conocimientos, y garantizar la igualdad entre hombres y mujeres; y 8. La crianza con cariño.

Sobre ésta última, hay que decir que fue otra iniciativa que la sociedad civil guatemalteca puso a funcionar a partir de 1992, la cual busca promover entre padres e hijos espacios para aprender nuevas formas de relacionamiento, impulsar un mejor funcionamiento familiar, libre de violencias físicas, psicológicas y emocionales, y superar los patrones violentos en la crianza, así como modelos autoritarios o permisivos. El fin último sería construir otros modelos democráticos, llenos de expresiones de cariño y elogios, como estilo de vida personal y familiar. 

Es la sociedad civil la que ha fomentado estas estrategias a través de su accionar institucional. Los garantes y principales responsables (el Estado) se mantienen al margen, y por ello, en el país los resultados educativos, económicos, políticos y sociales se estancan o retroceden.

Guatemala se caracteriza por sucesivos gobiernos de violaciones a los derechos humanos de las personas incluyendo a las mujeres y a la niñez. Gobiernos intolerantes y poco solidarios en donde la participación de los chicos y las chicas está siendo considerada como terrorismo. Es un país que persigue con más inquina a los escolares que a los actores del crimen organizado que vienen provocando una creciente violencia en el país.

Entonces, ¿cómo el Estado de Guatemala promueve una cultura de paz maltratando o permitiendo la violencia contra la niñez? 

Pareciera que no tuviera claro, más allá de los discursos políticos, que es la niñez la población que con más voluntad y esfuerzo debería proteger, porque es su obligación y porque a ello se comprometió al ratificar la Convención sobre los Derechos del Niño (en 1990) y otros instrumentos legales internacionales y nacionales. 

Porque será únicamente cumpliendo con estos compromisos como alguna vez podrían escribir un cuento cuya introducción sea así: “Érase un país en paz, que cuidaba y amaba a sus hijos y a sus hijas…”.




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Myrella Saadeh      LABERINTO  

 

El nombre de esta columna es un lugar complejo, desde donde propongo hacer un recorrido por la situación de la niñez de Guatemala. Soy psicóloga, catedrática de la Facultad de Humanidades de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala e investigadora, y soy directora de PAMI. Una organización que promueve los derechos y la participación de la niñez y la adolescencia desde 1989.









domingo, 29 de marzo de 2015

La soledad que no es ausencia





POR ARELY CHAMALÉ 


La soledad no es la ausencia, al contrario, es tener un costal lleno de cosas que en ese momento justo, no son suficientes, porque no es lo que se busca.

"…gracias por elegir viajar con RENFE…".

Ver en pantalla que la velocidad del tren disminuye y a la gente moverse en sus lugares… Buena manera de terminar-iniciar un viaje.

Busco mis maletas. La costumbre me hace dudar de todos.

Estación Chamartín-Madrid. Camino lo más rápido posible, busco tabaco y voy hacia la máquina expendedora. Saco las monedas de mi bolsillo y respiro tranquilamente cuando encuentro 5 euros en sencillo. Camel es la solución.

La niebla cubre la ciudad, el humo cubre mi rostro, la soledad cuida de mi ser.

Camino hacia las entrañas de la ciudad. Elijo en la máquina el ticket de viaje en metro. Un camino lleno de rostros ajenos a mis pensamientos, distantes de entender eso de cuidar de tus cosas SIEMPRE. Los nombres de las estaciones representan poco para mí. He llegado a mi destino y no entiendo cómo la puerta no se abre automáticamente. Debo oprimir un botón y ahora el tubo metálico me ha vomitado. Escucho música entre los techos que parecen brazos gitanos gigantes, llenos de diferentes sabores-idiomas. Me permito caminar despacio, me permito sentirme dentro de la ciudad, dejo que mis pies anden lento y así beberme cada acento nuevo en mis oídos.


Arely Chamalé


Buscar la salida no es cosa sencilla. Escaleras y pasadizos que se escurren a la vista no me facilitan la misión. Aire puro, y a unos cuantos kilómetros del centro la diferencia es palpable. Los parques infantiles con niños jugando con o sin guardia. Columpios que se mueven con el viento de noviembre y las hojas rebeldes se mantienen colgadas recordando el otoño y sus colores.




Los peatones se muestran más cálidos que en otras tierras. Saludan amigablemente y el café es exquisito.

–Un café con leche por favor.

Saco un libro y respiro (suspiro). Mi memoria es coqueta y me pone en el proyector la grabación de la Antigua Guatemala, cuando allí mismo pedí el mismo café y saqué el mismo libro. Río y disfruto de la soledad. Una soledad amiga y consejera.




Estudiante de Ingeniería Mecánica de la USAC y egresada de la ETMA. “Los contrastes muestran cada día dicotomía en los seres humanos”.

He visto la mayoría de mis amaneceres en el lado norte de la ciudad de Guatemala, sobre la carretera Jacobo Árbenz, al lado de árboles y aves que me recuerdan la importancia de la vida.

Mi llegada a las letras fue por un desamor en la adolescencia.

Llamada Arely desde siempre, aunque pocos conocen mi nombre.

Amante de las letras y del arte en general. Las imposiciones se pueden y deben ir al carajo.

Me describen como agria, ácida y silenciosa. Procuro no gastar mis energías con personas vacías.

Mi mejor escuela es la vida.

No se debe caminar en círculos, por lo menos no en los mismos.